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etdc (XXXIII): el camino ilusorio del tío Boonmee (Uncle Boonmee Who Can Recall his Past Lives, 2010)


Boonmee: Enfrentando a la selva, las colinas, los valles, mis vidas pasadas como animal, y los demás seres que aparecen ante mí.

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RELATO CINECARTOGRÁFICO

Hablar del cine de Apichatpong Weerasethakul es algo delicado. Por extraño que parezca, su cine encaja de una forma retorcida en un realismo mágico muy poco ortodoxo (en el fondo son historias de fantasmas y monstruos del folklore tailandés, o fantasías imaginadas infectando lo real), pero narradas de una forma tan naturalista, sencilla y sin ornamentos, que se hace difícil encasillarla en una categoría cinematográfica simple. Son, por así decirlo, historias tan apropiadas para un museo del Cine como para un festival de cine fantástico.

He visto varias de sus películas en festivales, un lugar perfecto para experimentar. Pero mi primer contacto con una de sus obras fue en una sala de cine convencional. Tropical Malady fue una experiencia chocante, pero no la recuerdo especialmente indicada para hablar de cinematografía, mis ojos poco experimentados sólo se fijaron en mucha selva en planos cortos, y tomas de noche. Ahora, más consciente de los requisitos mínimos para abrazar su cine, la última que he visto ha sido Cemetery of Splendour, mucho más disfrutable a nivel narrativo y, para sus pequeñas pretensiones, sobresaliente a nivel de iluminación y escenografía: El realismo onírico y naïf que caracteriza la obra de Apichatpong encaja a la perfección en esa historia. Como en otras ocasiones, pero esta vez de una forma más evidente, el director usa el recurso de la enfermedad como salvoconducto para pasar a otro plano de la realidad o a otras épocas de un pasado existente o no. De igual forma, también ha provocado antes un estado de ensoñación en sus personajes para hablar de lo fantástico que nos rodea. La cuestión es que, en este caso, la linea entre fantasía y realidad se difumina todavía más porque las dos ideas recurrentes se acaban por sumar: una vieja escuela se transforma en un hospital para cobijar a todos los pacientes aquejados de una extraña enfermedad del sueño. Y todas las personas que giran alrededor de esos pacientes acaban impregnándose de ese extraño estado en el que los durmientes habitan un mundo de dioses ancestrales, que ocupaban esas tierras mucho tiempo antes, y llenándolo todo (incluyendo la percepción de los espectadores) de alucinaciones de fantasmas, sueños y romance. Todo belleza y poesía mundana, capaz de hablar de amor un segundo después de plantear la escena más escatológica y surrealista del cine reciente.

Pero, como decía, en Cemetery of Splendour simplifica sus tesis, y acaba por plantear de forma demasiado evidente su temática visual. Ello hace de Uncle Boonmee Who Can Recall his Past Lives, un mejor ejemplo, aunque se podría interpretar como más difícil, del naturalismo fotográfico como una forma excelente aunque extraña de huir del tópico del territorio de la ensoñación como ese lugar lejano, barroco y extraño, casi ajeno al soñador, sustituyéndolo por una normalidad total, no menos surrealista por más sencilla que resulte, latente en el conocimiento popular y en la memoria compartida.

Esta es la primera película del director en la que de verdad me fijé en cómo planteaba las tomas y en lo mucho que afectaba el escenario a la historia a pesar de su fijación en presentar, a través de una fotografía cruda y humilde, la luz, la frescura y los sonidos de la vida real tailandesa. Tío Boonmee se muere y, mientras tanto, el espectador es testigo de pequeñas cápsulas de otros personajes (en teoría antiguas o futuras vidas del protagonista). Todo ello sin nexos, sin lazos que ayuden a seguir una coherencia de la historia. Pero no importa, lo importante es ese camino final que recorre Boonmee por todos esos diferentes escenarios desconectados: él intenta cerrar con dignidad su vida, y sus otras encarnaciones muestran otras formas de llevarlo a cabo. Desde luego es una película reflexiva, más de contenidos que de discursos, y quizá por eso es muchas cosas, pero no entretenida. Pero es en todos los sentidos, un tránsito. Una guía de viaje por un terreno tan luminoso y fresco como el brillo fluorescente en una habitación interior, o una mañana tailandesa. Sea esas unas fantasías cinematográficas o no.


FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: -
Visitante: Boonmee (Thanapat Saisaymar).
Fecha de la Visita: Actualidad.
Situación: Tailandia.
Dirigido por: Apichatpong Weerasethakul
Dirección de Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom.
Dirección de Arte: Montri Bodsayasiri.
Localización: Panithan Pisittakarn.
Año: 2010



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etdc (XXXII): una vida bajo la piel (Under the Skin, 2013)


FemaleYou're not from here? Where are you from?
Camper: I'm from Czech Republic.
Female: Why are you in Scotland?
Camper: I just... wanted to get away from it all.
Female: Yeah? Why here?
Camper: Because it's... It's nowhere.

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RELATO CINECARTOGRÁFICO

(texto publicado originalmente el 4/10/14)

Hay varias formas de disfrutar Under the Skin. La evidente versa sobre una mujer que se mueve sin rumbo por Escocia en una furgoneta blanca y busca hombres a los que seducir hacia una trampa física y metafórica. Es, en definitiva, la historia de la creación de una depredadora alienígena, una Venus Atrapamoscas, que digiere a sus presas sin que conceptos morales ni sentimentales tengan ninguna cabida. Ella es, en inicio, una marioneta en blanco y es la interacción con sus presas la que la va construyendo como ser humano. Y es esa adaptación la que al final la destruye.

Sería una historia simple y hasta algo tópica si no fuera por la forma en la que ha sido planteada por su autor. Y hacer hincapié en ese estilo es la forma más acertada de descubrir la película. Porque esa Venus encarnada por una Scarlett Johansson llevada hacia una vulgaridad estandarizada, lejos del glamour de sus habituales apariciones hollywodienses, se mueve en un mundo extraño para ella, pero también para el espectador, inundado primero por un entumecedor espectro auditivo y visual, y luego por los entornos de manual de escenografía psicológica por los que se mueve. Y por supuesto por ese acento gaélico tan especial que usan todos los personajes que la rodean.

CAOS / Vida en Construcción.
En el inicio todo es caos musical y flashes visuales. Y formas aleatorias que acaban construyendo un cuerpo de mujer. Luego arranca el lenguaje, que es lo que genera la entidad creíble de esa muñeca recién creada. Y eso son los títulos de crédito.

NOCHE / La Alienígena Perdida.
Scarlett conduce sin rumbo, y un motorista silencioso, a modo de supervisor laboral, elimina los hilos sueltos que va dejando en su cacería de hombres solitarios. Al principio no entiende el juego, su misión, pero es cuestión de práctica. La realidad es ruido, y sólo en el momento de la captura se hace el silencio y se simplifica la imagen. También el espectador encuentra el sosiego en esos momentos.

MUNDO REAL / La Trampa Visual.
Ella es la experta, una bella trampa. Pero cuando se hace de día, la extraña descubre el paisaje, el mar, y a una familia. Es el Mundo Real que pronto se desencadena en tragedia. Y descubre la bajeza humana, la falsa diversión, el vicio, la cultura nocturna. Y a su vez el espectador descubre los principios de esa digestión sexual, de planta carnívora. CRACK. Y tanto ella como el espectador se sienten molestos. Y en ese malestar aparece el personaje más extraño, que es a su vez el más simple, un hombre con la cara deformada que la conmueve. La deja más cerca de la humanidad. Al fin se encuentra a sí misma en un espejo.

BOSQUE / La Niña Perdida.
Y llega la niebla, y ella no ve nada, ni de dónde viene ni a dónde debe ir. Así abandona la furgoneta y su misión. Y lo primero que hace es intentar mezclarse, vivir. Y comer dulces. Pero no es humana y los vomita. Ahora está más perdida que nunca. Pero encuentra la amabilidad de un extraño, y descubre el miedo, algo del amor, y también la imposibilidad del sexo. ¿De qué vive un objeto sexual asexuado? Así que vuelve a huir. Esta vez al bosque, lejos de la gente. Pero allí, desprovista de su misión, encuentra el mal humano, masculino, personificado en agresión y muerte violenta.

Y aunque no sabemos si viene del espacio, pero se intuye, la última imagen es humo que la aleja de la tierra.


FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: -
Visitante: La mujer (Scarlett Johansson).
Fecha de la Visita: Actualidad.
Situación: Escocia.
Dirigido por: Jonathan Glazer
Dirección de Fotografía: Daniel Landin.
Dirección de Arte: Emer O'Sullivan.
Localización: Eugene Strange.
Año: 2013



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etdc (XXXI): el escenario como arma (I Saw the Devil, 2010)


Mother of Kyung-chul: Are you in there?
Kyung-chul: No. Don't open the door. Don't fucking open the door and just go home. Go home!
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RELATO CINECARTOGRÁFICO

Existe un país donde los martillos deberían venderse con permiso de armas.

Doy por sentado que todo el mundo sabe que me refiero a Corea del Sur. Desde el momento en que se proyectó por primera vez la escena en ese extraordinario pasillo lleno de esbirros de Oldboy, el boom de la violencia cuerpo a cuerpo del cine coreano ha convertido a sus películas en piezas indispensables en las listas de películas obligatorias de todo buen aficionado al cine. Porque las armas de fuego eran cosa de los chinos y japoneses, con sus estilizadas coreografías hiperdramáticas, pero las armas de melé tienen acento coreano ya desde antes de que Oldboy asaltara el corazón europeo.

Porque mucho antes de ese martillo, esa violencia hermosa y visceral ya se había convertido en clásica de la mano de la poesía afilada e hiriente de Kim Ki-duk. Los anzuelos en Seom marcaron mi percepción del cine oriental, alejando mi interés adolescente por el esteticismo manierista de John Woo para siempre. Seguido llegó la concepción de la justicia de Park Chan-wook, con tres obras sobre la venganza que se han convertido en canon para todo el thriller coreano. La lista de ejemplos podría ser interminable: Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy, Sympathy for Lady Vengeance, Memories of Murder, o Bedevilled, siguen la misma senda. The Yellow Sea, o Nameless Gangster están más cercanas al thriller policíaco de Hong Kong, con sus tríadas bailando entre alianzas, traiciones, y exaltación de masculinidad y honor, aunque todavía se destila en ellas el gusto por el atrezzo sanguinoliento. Mientras tanto, Ki-duk ha seguido su propio camino tormentoso, siempre violento, claro, pero mucho más personal e inclasificable.

I Saw the Devil sigue la estela de ese cine de ajuste de cuentas, pero es un intento de ir aún más lejos en la temática. En esta ocasión, no hay un único elemento violento que intente resarcirse de forma brutal. En este caso, tras la espiral de crueldad, todo evoluciona en una escalada de represalias mutuas entre un asesino en serie sin escrúpulos y un agente especial de la policía que convierte el asesinato de su mujer en la mejor excusa para mirar sin temor al abismo, y convertirse de igual forma en el monstruo que le devuelve la mirada. Sin piedad, y en un juego recíproco del gato y el ratón, ambos protagonistas no dudan en perder toda su humanidad para conseguir una victoria imposible sobre su contrincante. Crueldad. Angustia. Emoción. Puro thriller coreano.

Pero la forma en la que está rodada I Saw the Devil deja una pregunta que no me había planteado antes como espectador: En este cine basado en el macguffin y la utillería enfática, ¿la amenaza son las personas o los propios objetos? Y es una pregunta que cobra más importancia en el cine de Corea, cuando es la normativa gubernamental la que ha conseguido la no proliferación de armas de fuego y la consiguiente creatividad a la hora de ejercer la violencia.

Porque los americanos lo llaman foreshadowing, aunque a nivel dramático se conoce como el arma de Chéjov: El espectador de cine se ha educado en la necesidad de que cada elemento de la historia sea necesario para la misma, en una versión dramática del sencillo concepto de cierre gestáltico. Si un objeto cualquiera recibe un segundo de atención en plano, los principios de continuidad y simplicidad dictan que tiene un valor eminente en la historia. Siempre existen maniobras de distracción que se aprovechan de las expectativas, pero no anulan el efecto (aunque empiezan a difuminarlo por desgaste). Por eso, es curioso que I Saw the Devil se convierta en un muestrario de objetos letales, fotografiados de forma hermosa, y planteando la cuestión de si existe una maldad inherente en los objetos, víctimas inertes de la infección de la vileza de sus propietarios. En una suerte de psicometría hiperviolenta y animista.

Porque vista desde esta perspectiva, además de una retorcida historia de ajuste de cuentas, I Saw the Devil es un catálogo, o mejor una ruta guiada, por ese muestrario de objetos envilecidos y el entorno donde descansan hasta que puedan realizar su terrible destino.

Y arranca, evidentemente, con un martillo.

Pero sigue con un cuchillo, y una tubería, y una guillotina improvisada que también resuena con fuerza en el mito. Luego la más evidente hazada, y una navaja escondida en una bota, y detrás viene esa roca enorme que casi termina con el problema mucho más pronto de lo deseado. Luego vienen juegos escalofriantes con un escalpelo, y otro cuchillo, y un destornillador. Entonces llega la escopeta, poderosa y temible, pero en el fondo mucho menos dañina cuando otros objetos menos previsibles toman el mando, como la caña de pescar, o las tijeras. En el siguiente giro de guión vuelve el cuchillo, pero una vez más incapaz de superar el desmesurado efecto de un palo de escoba, y de una mancuerna. Y finalmente el coche, elemento indispensable y verdadero macguffin de la historia, pero ahora como arma, y de nuevo elemento clave de un secuestro. Hasta que vuelve la guillotina, por supuesto, para acabar el trabajo de verdad, en una retorcida maquinaria de Goldberg.

También hay otros objetos más neutros que dirigen la historia, pero sin toda la carga lesiva de los anteriores: Ese coche averiado, las alitas LED del retrovisor como ultrajada señal de peligro, el zapato abandonado, el anillo perdido y reencontrado como símbolo de ausencia, y sobre todos ellos, la espeluznante furgoneta escolar como escenario, el bate, los perros inocentes pese a sus dueños, el enorme crucifijo y, como maestro de ceremonias, el sistema de localización, la pastilla GPS, el navegador por satélite, y el juego de auriculares que narra toda la historia. Auriculares que son el ultimísimo objeto del que se desprende el protagonista.

Y una vez sin utillería, sólo queda la soledad, la culpa y la desesperación de la atrocidad cometida. Ejecutar la verdadera venganza. Perder por partida doble. La venganza es para las películas, dicen.


FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: -
Visitante: Kim Soo-hyeon (Byung-hun Lee), Kyung-chul (Min-sik Choi).
Fecha de la Visita: Actualidad.
Situación: Corea del Sur.
Dirigido por: Kim Jee-woon
Dirección de Fotografía: Lee Mo-gae.
Dirección de Arte: Cho Hwa-sung.
Año: 2010



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