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en tierras de cine (XIII): la huella del campeón (Rocky, 1996)



Rocky: Hey... you know how I said that stuff on TV didn't bother me none?
Adrian: Yeah?
Rocky: It did.


rocky


RELATO CINECARTOGRÁFICO
72 escalones subidos de tres en tres. La música le dice que ahora podrá volar. Ha recorrido la ciudad corriendo al máximo que le daban sus piernas. En el mercado italiano, entre la 9a Sur y Carpenter, algunos vecinos le han reconocido y dado ánimos. Ha cruzado las atarazanas del Delaware, con New Jersey de fondo. Y las vías de la estación de la Calle 30. Y al fin ha llegado exhausto a los pies del Philadelphia Museum of Art. Pocos creen en él. Vive en el límite de la miseria y tiene poco más en la vida que su amor por Adrian y sus sueños de grandeza. Son los años finales de la década de los 70. Philadelphia había destacado por su industria ferroviaria, pero como la mayoría de ciudades industriales del nordeste de los Estados Unidos, la caída de la economía ha sido un duro golpe tanto para las empresas como para sus habitantes. Y eso se refleja en sus ojos. Robert Balboa no tiene la mirada más brillante de la ciudad. Pero tiene esperanza y mucha confianza en sí mismo. Ha llegado a lo alto de esos 72 escalones después de una dura sesión de entrenamiento, y ahora, con la ciudad a sus pies, lanza duros golpes al aire. En la lucha contra si mismo y sus posibilidades, ha vencido con toda claridad. Testigos son el majestuoso ayuntamiento estilo Segundo Imperio, y el monumento ecuestre a Washington. No hay nadie, pero en la cabeza de Balboa suenan los vítores enfervorecidos de miles de espectadores del Spectrum Arena. Corean su apodo, “Rocky, Rocky”. Por eso alza los brazos enchido de testosterona y felicidad. Él ya ha ganado, salga victorioso de su combate contra Apollo Creed o no. Y Philadelphia también ha ganado. Un icono, una imagen para la imaginería popular. Más fuerte que sus museos, que su importancia histórica en el relato de la nación americana. De echo, Silvestre Stallone hizo construir la estatua de bronce que aparece en lo alto de la escalera en Rocky III y la entregó a la ciudad. Pero el museo acabó por considerarla más un pieza de atrezzo cinematográfico que una obra de arte. Y la realojó a los pies de los escalones, donde ahora reside. Pero la importancia del símbolo es tanta que la ciudad ha tenido que rectificar parcialmente y han marcado el último escalón con las huellas de las Converse del campeón. Ahora allí hay una fantasma y miles de curiosos ocupando su espacio: El eco de una figura con los brazos alzados, que es más fuerte que las convenciones artísticas y la importancia del paisajismo urbano. Porque esta es una de pocas la veces que el espacio se define a través de un personaje, y además en una connotación positiva. Rocky pone en la mente del visitante de esa parte de Philadelphia la idea de esfuerzo, esperanza, y grandeza salida de la voluntad personal. Un atractivo turístico demasiado apetitoso para echarlo a perder. En cambio, se ha fantaseado con una acción similar para el Detroid de Robocop pero claramente el fantasma de policía plateado y las imágenes que subyacen a la ciudad en esa película no son nada de lo se pueda presumir. Pero desde luego, estos son el mejor ejemplo de que la ficción también es capaz de dejar huella sobre el mundo real.



FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: Escaleras del Philadelphia Museum of Art.
Visitante: Rocky Balboa (Sylvestre Stallone).
Fecha de la Visita: 1976.
Situación: Estados Unidos de América. Pennsylvania, Philadelphia.
Dirigido por: John G. Avildsen.
Director de Fotografía: James Crabe.
Director de Arte: James H. Spencer.
Efectos Especiales: -
Año: 1976


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en tierras de cine (XII): la mirada de la víctima (Crash, 1996)



James Ballard: Katherine, are you all right?
Catherine Ballard: James. I don't know.
James Ballard: Are you Hurt?
Catherine Ballard: I think I'm all right... I think I'm all right.
James Ballard: Maybe the next time, darling. Maybe the next time.


crash

RELATO CINECARTOGRÁFICO
Las dos últimas entregas de en tierras de cine han sido un bastante extrañas. No es que la sección esté sujeta a reglas inquebrantables, pero desde luego los últimos textos han ido por caminos nada planificados. Hace dos semanas, en el recuerdo árido, transité por territorios cinematográficos empapados de nostalgia, pero que seguían siendo lo que estoy tratando de etiquetar como cinecartografía: tratar de reunir y analizar imágenes, datos, semejanzas e inspiraciones alrededor de espacios creados en, para, y desde el cine, o distorsionados por éste, para representar en palabras caminos personales o compartidos, recorridos desde el recuerdo y las sensaciones. En cambio, la semana pasada, en dentro de nuestro laberinto, el territorio desapareció debajo de la descarga pura de sentimiento. El lugar transitado no era ya algo fijado en celuloide, diseñado para ser un escenario concreto de una obra artística. El camino trazado era directamente mi duelo, y la crónica de un contagio. En el fondo trataba sobre un escenario, un laberinto, sí, pero dejado tan en segundo plano que casi había perdido todo su significado pasando a ser algo personal. En mi confuso concepto de todo ello, sigue formando parte de la misma cosa, pero también sé que hice trampas. Así que puestos a hacer trampas, pido disculpas por adelantado porque lo voy a volver a hacer (aunque esta vez sí que estaba previsto).

Trampas. Para empezar, la imagen que abre este texto no es ni siquiera un fotograma de una película. Es directamente una imagen promocional, con todos los personajes posando para la cámara. Cada uno en su papel, pero fuera de la historia. Además, no existe escenario que la enmarque, más que una sobria pared bicolor que no cuesta mucho imaginar formando parte de un garaje o taller mecánico. Hasta ahora lo que monopolizaba este espacio semanal era la arquitectura, y en esta imagen es inexistente. ¿Dónde está el paisaje entonces? En noviembre de 1944, se desencadenó la batalla de Peleliu, donde los soldados norteamericanos se enfrentaron durante dos meses al ejército japonés en esa pequeña isla del Pacífico para capturar una pista de aterrizaje nipona. Imaginen Iwo Jima, pero en pequeña escala. Sólo que la isla de Iwo Jima (espero poder hablar del paisaje de la película de Clint Eastwood en otra ocasión) tenía un enorme valor estratégico y eventualmente motivacional. Peleliu no tenía prácticamente ningún valor, con lo que el balance de la cruentísima batalla, con decenas de miles de muertos, la convierte en ejemplo de fiasco trágico en cualquier manual militar. En todo caso, entre las tropas estadounidenses que desembarcaron en aquel infierno tropical estaba el ilustrador y corresponsal de guerra para la revista LIFE, Thomas C. Lea III. Y ocurrió que una de las imágenes que realizó allí le acabó premiando con gran éxito y popularidad. En That 2,000 Yard Stare, un soldado mira a través de nosotros, inerte, perplejo y sin enfocar a nada en concreto. Con su casco abollado torcido sobre la frente y la batalla ocurriendo a sus espaldas, es el mejor ejemplo de angustia psicológica que se puede encontrar. Tanto, que esa frase, la mirada de las 1000 yardas (parece que se ha rebajado con el tiempo), ha acabado dando nombre popular a un caso clásico de estrés postraumático. ¿Y no es la mirada de James Ballard, Helen Remington, Catherine Ballard, Gabrielle, y Vaughan en esta foto, que, repito, no pertenece al metraje de la película, otro claro ejemplo de somatización de un trauma psíquico? Porque Crash, se supone, va de traumas físicos, y de adicción, y de soledad y de formas malsanas de interrelacionarse. Pero estas miradas trascienden lo físico y son un paisaje desolador en sí mismas, tan perdidas, perplejas e inertes como la de Lea, pero transitables. El soldado de Peleliu nos atraviesa, no hay movimiento. En cambio en todas las miradas del reparto de Crash hay fluidez, direccionalidad. Puede que no haya enfoque ni movimiento en ellas, pero sí se puede trazar una ruta en la que el punto de fuga es el espectador. Nosotros. Esos cinco personajes vacíos, nos apuntan y nos juzgan. ¿Estamos con ellos?¿Les entendemos?¿Les envidiamos? ¿Nos daríamos una vuelta con ellos a toda velocidad por una carretera sinuosa? Sólo hay que mirar sus ojos. Nos están esperando.


FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: Un parking, con toda probabilidad.
Visitante(s): James Ballard (James Spader). Helen Remington (Holly Hunter), Catherine Ballard (Deborah Kara Unger), Gabrielle (Rosanna Arquette), Vaughan (Elias Koteas)
Fecha de la Visita: Finales del siglo XX.
Situación: Estados Unidos de América. Costa Este.
Dirigido por: David Cronenberg.
Director de Fotografía: Peter Suschitzky.
Directora de Arte: Tamara Deverell.
Efectos Especiales: Warren Appleby, Stephan Dupuis, Michael Kavanagh, Dennis Pawlik, Dawn Rivard, Trevor Cripps.
Año: 1996


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en tierras de cine (XI): dentro de nuestro laberinto (Labyrinth, 1986)



Jareth: Tell me Sarah, what do you think of my labyrinth?



labyrinth


RELATO CINECARTOGRÁFICO
Estaba en la lista de borradores. Pero no tendría que ser como ha acabado resultando: Lo que viene a continuación debería ser un texto sobre escenografía y Escher, sobre ingenio e ilusiones visuales. Y sobre todo sobre el trabajo de matte paintings. Pero me temo que el mundo real se esfuerza en cambiar mi percepción del Cine. y eso está mal. Debería ser al revés.

El día 8 de enero de 2016 vi por primera vez el videoclip Lazarus de David Bowie. Junto a mi hija, de poco más de 4 años. Era la primera vez que ella veía en movimiento al Duque Blanco. El vídeo es sobrecogedor y ella lo notó. Me hizo muchas preguntas, más de las habituales para un clip musical. Yo todavía no había escuchado el disco y no tenía el contexto, así que no acababa de entender la magnitud de lo que estábamos viendo, pero surgió de una manera muy sencilla que la mayoría de sus preguntas se responderían con un repaso rápido de los vídeos del autor. Y nos pasamos la tarde entera de ese viernes saltando por sus diferentes épocas y personalidades. Y disfruté cada segundo de ese tiempo, incluso (si no más) la decena de veces que repetimos I’m Afraid of Americans. El día 9 de enero de 2016, sábado, dejé preparada Labyrinth. Ahora era el momento de verla. Sin posibilidad de miedos, con curiosidad hacia Bowie. Aunque por diversos motivos, no encontramos el momento. El fin de semana siguiente, me dije.

Después vino el día 10 de enero de 2016.

El día 11 de enero de 2016, lunes por la mañana, en la radio, de camino al trabajo, la noticia me pega fuerte. Mucho. Nunca lo hubiera imaginado. Por lo visto, siempre lo había tenido ahí. Nunca en primer plano, siempre latente. David era una constante. David, ahora lo veo, era un lazo que me ataba fuerte a los recuerdos de mi padre, a mis primeras referencias musicales, a mis incipientes obsesiones cinematográficas, y a mis primeros deseos de crecer y ser como ese ser que veía en la tele. Y ahora, casi 30 años después, y por una simple casualidad, resulta que me une a un recuerdo más que feliz con mi hija. Estoy triste, y es raro, porque no lo consideraba una pieza tan importante. Pero quiero entregarle a ella un poquito de eso, de la magia, de lo que no sabía que formaba parte de mí. Sé que es muy pequeña todavía. Y no le he dicho nada expresamente de la situación, no es necesario. Pero no podría estar más decidido a que es el momento de que le vea en acción en el papel de Jareth, el Rey Duende. Y que la pequeña Dana transite ese Laberinto como yo lo he hecho muchísimas veces ya, con la ilusión de un niño, con el hambre de sorpresas y el sugerente acoso del miedo. A lo desconocido, a perder a alguien querido, a querer a alguien equivocado, a perderse en uno mismo, a olvidar, a soñar lo que no se debe, y a tener miedo a cosas terribles pero que no son más que pequeñas piezas, a veces ridículas, de un universo con reglas. Y si hay reglas, hay formas de ganar.

Hoy es 17 de enero de 2016. Y la hemos visto ya. Y fue muy interesante. Porque me vi reflejado en sus reacciones, en sus sorpresas y en su disfrute. Y también porque me di cuenta que yo la continúo viendo con los ojos de un niño. Ahora la entiendo mejor, claro. Trata sobre la necesidad de no dejar de ver el mundo a través del filtro de los recuerdos de la infancia. Y así lo hicimos Dana y yo. Como Sarah cuando al final, en casa, segura, en pleno remanso de realidad, mira las cosas de su cuarto, sus cuadros de Escher, su laberinto de juguete, sus libros de fantasía, su Mago de Oz, su Blancanieves,  su Donde Viven los Monstruos, sus duendes y monstruos de peluche, sus recortes de actores teatrales con la cara de David, y los demás retazos de su infancia, que son con los que ha creado la historia que acabamos de ver. Y llama a sus amigos (y enemigos) fantásticos a este lado del espejo. Porque todavía puede hacerlo. Porque los necesita más que nunca ahora que se está convirtiendo en adulta. Así lo hicimos en casa también. Y durante mucho rato se me olvidó que él ya no está.



FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: Laberinto del Castillo más allá de Ciudad Goblin.
Visitante(s): Sarah (Jennifer Connelly), Jareth the Goblin King (David Bowie).
Fecha de la Visita: 1986.
Situación: Desconocido.
Dirigido por: Jim Henson.
Director de Fotografía: Alex Thomson.
Director de Arte: Terry Ackland-Snow .
Efectos Especiales: Optical Film Effects, Industrial Light & Magic.
Año: 1986.




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