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20060524

La canción del camino, la canción más bella del mundo

Pather Panchali


De dónde poner la cámara, de cómo y cuándo moverla. Sobre la secuencia.


Ver nuevamente esta película me ha producido una sensación muy extraña. Pero hermosa. Fue como si nunca hubiese visto una película hasta este momento, como si descubriera las maravillas del cine por primera vez. Y limpie mis ojos después de cada imagen, como dijo Mizoguchi.

La canción del camino” es una película maravillosa, preciosa de principio a fin.


Durante unos segundos nos convertimos en gatitos, Durga nos saca de una pequeña cesta para alimentarnos y mostrarnos la India de Ray. Película Neorrealista a más no poder y de poética solo comparable a la de Jean Epstein.
Ray encadena una serie de secuencias memorables, donde la cámara es capaz de captar y transmitir una cercanía y una ternura que pocas veces he podido ver, ejemplo de ellas son cuando Durga despierta a Apu para ir al colegio, porque una sábana y el ojo de Apu bastan para describir al personaje y la relación que mantiene con su hermana. Otra prueba preciosa es cuando Durga prepara lo que parece ser cacao y en secreto alimenta a Apu, porque una serie de primeros planos y una genial dirección de actores hacen que un espectador comprenda la importancia de los pequeños regalos y de cosas prohibidas convertidas en los secretos mejor guardados.

El personaje de la madre, como el resto de ellos, está muy bien construido, porque lo que podría parecer un estereotipo de madre frustrada, después se convierte en un intenso dilema interior entre una condición social y cultural, y lo que el corazón dicta a un ser humano.
Las secuencias de noche son indescriptibles, su austeridad es lo que las convierte en increíblemente expresivas y bonitas. Un par de ellas son las que me gustaría resaltar: la de la abuela contando una historia a sus dos nietos, donde la luz y la voz de la anciana nos transportan irremediablemente al mundo de su historia, donde sentimos una sensación de misterio y de seguridad a la misma vez. La otra es en la que la madre peina a Durga, más que nada porque es de ese mismo cabello del que tirará la madre para echar a su hija de casa por haber robado en la finca de su tía. Arrastra a su hija por todo el patio, tirando del cabello que muchas veces peino con cariño.

Existe en esta película una serie de secuencias donde los movimientos de cámara encierran o separan a los personajes en segmentos del encuadre, ayudándose por las columnas que sostienen la casa o por los marcos de la puertas. Estos sutiles detalles hacen que el espectador note un ligero distanciamiento entre los miembros de la familia, o cuánto menos, una ligera duda de si en el árbol familiar hay algunas raíces que están podridas.

Y la muerte, convertida ahora en tormenta, intenta entrar en casa en busca de Durga, esa casa que tantas veces reclamaba la madre fuera arreglada. Y la muerte entró y se llevó a Durga. Ésta, que le retó en un vasto campo porque simplemente quería sentir como el agua limpiaba su cuerpo ante la mirada de admiración del pequeño Apu.
La secuencia de la muerte de Durga es de las cosas más desoladoras que haya podido presenciar. El grito de un padre y el llanto de una madre mientras coge una prenda de vestir, la mirada perdida de Apu. No cuento más, hay que verla.

La música acompaña a los personajes en sus caminos. Delator de estados de ánimo, compañero de travesuras. La imagen es capaz de componer una sinfonía musical con gotas que caen en un charco, con moscas en un río o plantas que se mueven con el ritmo del viento. Las canciones en los caminos son los que realmente narran la historia si las aislamos completamente.

Ray, escritor, compositor, pintor y cineasta, hace evidente, creo yo, la apuesta por un cine Bressoniano, donde la ficción no está reñida con un carácter documental, donde menos es más, donde no vemos el plano de un niño y después el plano de una inmensa palmera, sino un niño subiendo la inmensidad de una palmera, relación total del humano y su entorno.


Marc Jardí

1 comentario :

Liliana dijo...

Satyajit Ray es el mejor ejemplo de que se puede hacer cine con escasos recursos, que todo lo que hay que tener es algo para decir, y mucho talento para componer. Y "Pather Panchali" es de esas películas que cada vez que se ven, se ven por primera vez.