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20060608

Ray: el invencible

elinvencible


Sobre los animales, los trenes y la escuela. Sobre el cine.


Llegamos a Benarés como no podía ser de otra manera: en tren. Así lo hubiese deseado Apu y así lo hubiese hecho él de haber podido en primera instancia.
En “La canción del camino” Ray nos convertía en gatos para que Durga nos mostrara la India, en “El Invencible” somos ahora palomas, y desde el aire contemplamos Benarés hasta aterrizar en un lago, al lado del padre de Apu: bajo mi entender, el eje central de esta segunda historia.

Las canciones en los antiguos caminos frondosos se han mudado a las estrechas calles de la ciudad.

La luz estroboscópica producida por los rayos de la tormenta en “La canción del camino”, es ahora fuegos artificiales que rugen en compañía de gritos de niños. No hay duda, otra vez ha sido cine el que indique que la muerte viene, esta vez a por el padre de Apu.

Al morir el padre de Apu, Ray, coherente con lo que viene trabajando, inserta aquellas palomas que una vez nos llevaron hasta los pies del padre, para que ahora huyan despavoridas al son de una música desgarradora. El cine tiene esta capacidad de crear momentos que son, a la misma vez, una poesía hermosa e indescriptible y de una crudeza inigualable.

Al mudarse al campo tras la muerte del padre, Apu y su madre se encuentran con sentimientos contradictorios. La madre parece feliz de volver al campo, pero a la misma vez se encuentra terriblemente sola. Apu, parece contento de ver los trenes pasar bajo el tapiz de la hierba, pero su rostro no oculta cuánto le gustaría verlos con Durga, la persona que se los enseñó por primera vez.

De niño, Apu se refugiaba en cualquier parte que le invitara a volar, como por ejemplo el teatro. Apu ha necesitado siempre la compañía de camaradas de juego, la necesidad de otra Durga a la que seguir cual súbdito. Apu, a veces inquieto, siempre travieso, infantil. Ahora Apu está en plena adolescencia, y esos caracteres no han cambiado, sino que se han transformado, igual de callado y solitario, no se encuentra, necesita una motivación que encuentra: la escuela, la educación.

Y mis lágrimas saltan después de tanto tiempo al ver las secuencias en el colegio. Con qué pasión lee Apu un poema sobre Bangladesh, porque allí, bajo el manto de una bella canción, recordamos esas noches en familia de "La Canción del Camino”, en las que el padre enseñaba a leer a Apu mientras la madre peinaba el cabello de Durga.

Apu, aventajado con respecto a los demás alumnos es obsequiado por su profesor con una serie de libros, Ray a su vez, nos regala otra serie de secuencias memorables, en las que Apu desarrolla inventos científicos, le enseña a su madre qué es el universo, ¡hasta se disfraza de africano! Apu no come, se queda dormido, exhausto de tanto estudiar. Ahora Apu ha encontrado su camino, su motivación. Ahora Apu se convierte en adulto, y es por eso que la elipsis de Ray es magistral, porque es la educación la que la permite. La próxima vez que veamos a Apu será ya un jovencito.

Las noches de “El Invencible” son igual de coherentes que las de “La Canción del Camino” y su coherencia radica en la diferencia entre los dos films. Apu informa a su madre de su viaje a Calcuta, como no, suena un tren, la madre abofetea a Apu, frustrada, resignada y temerosa de sentirse sola. Sus conflictos se renuevan. Apu sale de casa y tras él, a través de las sombras, su madre.

La segunda noche la madre confiesa a Apu sentirse enferma, pero Apu se queda dormido, el viaje a Calcuta y los estudios pueden más.

En la tercera noche el diálogo ya no existe, Apu solo le pide a su madre que le despierte al amanecer. La despedida de Apu a la mañana siguiente es fría, a diferencia de su primera partida cuando era niño, ni siquiera mira atrás... pero qué demonios, Apu es humano y ama a su madre, por eso se marca un detallazo al volver para besar a su madre.

Otra vez y lamento la redundancia, Ray se saca de la manga una secuencia de maestro: la madre de Apu enferma de soledad. Morirá de soledad, cerca del reloj de sol que creó Apu, reloj que no emite hora alguna, morirá en un camino que ya no emite música, rodeada de luciérnagas y creyendo escuchar la voz de su hijo. Que bella y dura es la poesía a veces.

Apu vuelve al enterarse de la noticia y la elegancia de Ray no tiene punto de comparación, su cámara se queda fuera de casa mientras Apu está dentro. Al Apu sentarse a llorar en el árbol donde murió su madre, la cámara de Ray se aleja para que Apu llore tranquilamente, le acompañamos pero no nos entrometemos.

Una vez más, y ahora sí, Apu rompe con todo, volverá a Calcuta...


Marc Jardí

4 comentarios :

kuroi yume dijo...

Impresionante, una vez más!

Un dato aparte. Las palomas y la muerte tienen bastante relación en diversas culturas. Miraré de informarme un poco más y ya te contaré...

Liliana dijo...

La ciudad y el campo; la vida y la muerte; el diálogo y el silencio... Satyajit Ray es un maestro. ¡Qué manera poética de mostrarnos lo que duele crecer!

Liliana dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Alex dijo...

La elegancia de Ray al narrar determinadas situaciones, me recuerda al Ray americano (Nicholas), al Peter Weir de su primera época, a Mizoguchi (capaz de ilustrar un suicidio con unas ondas generadas en el agua), pero sobre todo a John Ford.

Es esa sutileza tan poco común, la que más me acerca a su cine.

La trilogía de Apu es sencillamente magistral. Lástima que sea tan poco conocida por las masas palomiteras. Pensándolo bien, casi mejor... Mejor ser ignorado que despreciado.

Genial su escrito.