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20070112

Brioche en la calle Bercy

Respetado señor

El día 13 de enero se cumplen 30 años de ausencia de Henri Langlois.

A partir de ese día, Nicolás Román autoriza sin límites la publicación
y difusión gratuita del texto que se adjunta.
Si usted lo puede difundir, pues le agradeceríamos inmensamente.

Román fué director de nuestro club, el Club Vlad, él es abogado, cineclubista
y realizador. Ahora vive en Francia.
[...]

Calurosamente

Wilson Franco
Prensa





enero 1977 - enero 2007
30 años sin él

Brioche en la calle Bercy
A la inconmesurable alma de Henri Langlois.

Por: Nicolás Román Borré de http://nerb.over-blog.com




I

Así es como París nos destruye despacio,
deliciosamente, triturándonos entre flores viejas
y manteles de papel con manchas de vino,
con su fuego sin color que corre al anochecer
saliendo de los portales carcomidos.
Julio Cortázar


El embrujo cautivador de la ciudad luz la transforma en la destinación turística más importante del planeta, volviéndose de cierta manera, en la excepción de la memorable frase de Ortega y Gasset: "Cuando mucha gente está de acuerdo en algo, es para una idiotez o una bellaquería".

Siendo pequeño nunca imaginé visitar la capital francesa, aunque guardaba una secreta esperanza de conocer en Normandía el monte San Miguel, catalogado como una maravilla por “El mundo de los niños” que leía religiosamente todas las noches.

De suerte que yo descubrí la leyenda y los mitos parisinos al igual que muchos, gracias al cine, la literatura, la pintura y, de cierta manera, a generosos amigos viajeros que me narraban sus experiencias en la tierra de Molière.

No hay duda que una metrópoli como ésta posee la ventaja de convertirse en un camaleón, que ofrece aristas multicolores completamente diferentes según las preferencias de quien la descifra. Y aunque advertido por Baudelaire de las cualidades metamórficas de esa ciudad-monstruo, que te ofrece el cielo mientras te afixia, es bastante difícil luchar contra la visión idílica de París.

Dicho mito de la tierra romántica y del glamour es particularmente alimentado por el cine; verbigracia: Un americano en París, de Vincente Minelli, o Todo el mundo dice te quiero, de Woody Allen, que se parecen a unas cartas postales al estilo del fotógrafo Robert Doisneau. En contraposición, la cinta La regla del juego, de Jean Renoir, sobre la hipocresía ciudadana, o la contemporánea El odio, de Mathieu Kassovitz, acerca de la exclusión social, se aproximan más bien a un estudio meticuloso del lente platinado de Henri Cartier-Bresson.

Únicamente los documentales, en especial los de Alain Cavalier con sus Retratos de mujeres, al igual que Nicolás Philibert, que indaga los seres anónimos y los lugares famosos de la ciudad luz, me permitían tener una imagen más realista que la que podría obtener viendo la quimérica El fabuloso destino de Amélie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet.

Quiso entonces la vida que yo habitara la Galia, y era normal pasar algún tiempo en el decorado más utilizado del celuloide(1). El inconveniente es que la capital se nos revela de tres maneras: en calidad de turista, al comprar en una agencia de viajes un paquete de “Conozca París en 4 días”; como habitante urbano de sus entrañas; y, por último, del género refinado de los bobos(2). Pero por las circunstancias de mi estadía, yo debía descubrir París solamente algunos meses después -y a retazos-; exactamente cada nueve semanas visitaría la ciudad-monstruo, en efímeros fines de semanas.

Como resultado, llegué de paso al aeropuerto, y una extraña melancolía se apoderó de mis sentidos; era como Davos Hanich en La jetée de Chris Marker(3)… Entonces me convertí en una especie de burbuja silenciosa, donde el exterior se vislumbraba difuso e irreal, al mismo tiempo que atravesaba los barrios para tomar un tren hacia el oriente del país.

Esperando que llegara el momento de perderme por las calles como Jeanne Moreau en Ascensor al cadalso, de Louis Malle (con la suculenta música de Miles Davis), decidí recurrir a una bitácora citadina profesional: Rayuela, de Julio Cortázar.

Borges decía con certeza que lo importante no es leer sino re-leer, y re-leer Rayuela dominando las citas en francés y sus significados socioculturales es aún más gratificante. Pero el tiro me salió por la culata, porque Rayuela es un rompecabezas que enaltece la ciudad luz, es un himno que invita a izar las velas y navegar por ella; al final todos queremos ser Oliveira, la Maga o el mismo Cortázar.

Hasta ese entonces yo había guardado una posición estoica: ninguna ansiedad particular de visitar la ciudad-monstruo; intentaba tener una visión objetiva e imparcial de París. Pero de golpe todo se derrumbó; mi espíritu cedió a las imágenes de cientos de películas que yo había almacenado en mi cerebro y, sobretodo, había un argumento inapelable: ¡yo vivía en Francia!

En virtud de tal postulado lógico, comencé a elaborar un meticuloso plan de abordaje (había que ser riguroso y extremadamente práctico). Las prioridades del primer fin de semana serían el Louvre y la Cinemateca Francesa. El arco del Triunfo, el centro Pompidou, la torre Eiffel, el museo de Orsay y los campos Elíseos fueron relegados a una visita futura.

Debo confesar que acto seguido a la inmersión absoluta en el mundo cineclubista, la percepción de mis recuerdos sufrió un cambio drástico; por eso, ahora me es imposible recordar algo sin asociarlo a una película. Por consiguiente, cuando atravesé la puerta del Louvre, fue como ser parte del equipo del documental La ville Louvre, de Philibert. Era como un “déjà vu”, pero en color, e infinitamente más fascinante.

Aunque neófito en museología, creo que nadie discute que hay dos momentos en la vida cultural de una persona: antes y después del Louvre. Antes, uno cree saber qué significa “Museo”; al salir del Louvre, tenemos la absoluta certeza del alcance de esa palabra.

El hecho de haber comenzado por el departamento de antigüedades egipcias me produjo gran alegría; luego se añadieron generosamente otras, sobretodo al apreciar las obras de Jan Van Eyck y Eugène Delacroix. Pero hay una que pagó el tiquete: La dentellière de Johannes Vermeer. Yo la conocía en fotos, pero estar frente a ella me llenó de una viva emoción(4).

Nadie dice cómo salimos del Louvre, pero la verdad es que el entusiasmo evita darnos cuenta de la fatiga corporal y mental que genera dicho encuentro. Yo no estaba cansado; estaba literalmente demolido y, además, asombrado por la forma en que el tiempo transcurrió, pues no había terminado de ver las salas cuando un vigilante me obligó a salir.



II

Respirar París ayuda a conservar el alma.
Víctor Hugo

Henri es el dragón que vigila y protege nuestros tesoros.
Jean Cocteau


Al día siguiente, tomé infructuosamente el sendero hacia la Cinemateca Francesa -algo andaba mal con la dirección-; por eso me dirigí a una oficina de turismo donde una parisina me dijo que la Cinemateca no existía. Luego de algunos segundos de un silencio gélido, mi acento costeño se hizo más fuerte en mi limitado francés y le dije: “Señorita, debe haber un error, busque en su computador la dirección correcta, ya que la Cinemateca ¡sí existe!”

Para mi desgracia, el circuito electrónico corroboró la respuesta de la empleada, quien aprovechó para añadir con cierta malicia, que ella no había escuchado hablar de ese lugar. Me fui de la oficina algo avergonzado, pensando en cómo era posible que los franceses no conozcan ese santuario del cine que le había enseñado a Truffaut, Rivette, Chabrol y Godard a hacer sus películas.

Yo comprendía las penurias de la Cinemateca(5), todas las aventuras que ese gordito carismático con sangre de celulosa (Henri Langlois) emprendió por preservarla; e incluso, sabía de las elevadas cifras del mantenimiento y restauración de las cintas mudas que guardaban en sus archivos. Pero de allí a su cierre hay años luz de diferencia; por eso, como Harrison Ford en Búsqueda frenética, de Roman Polanski, emprendí una investigación por la calles capitalinas en aras de encontrar, como mínimo, sus bodegas.

Entretanto, en mi cabeza se repetían las palabras de François Truffaut: “La cinemateca era y es un hogar para todos”. A pesar del tiempo y la distancia, yo sentía que también era mi hogar, ya que la pasión de Langlois trascendía las fronteras e influenciaba a todos los que de una u otra forma pensamos que la sala oscura es la mejor de las religiones.

De hecho, es como una especie de hermandad: tú te sientes próximo de aquel que comparte los mismos gustos fílmicos, que defiende una cinta plena de atributos que nadie parece apreciar, o que funda un cineclub con el objeto de compartir la felicidad que le produce el séptimo arte. Y si mal no estoy, me parece que Cortázar vivió algo similar con el Che:

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


Henri Langlois cumplió a cabalidad con su labor de primogénito aventajado de la vasta familia cinéfila, en especial al permitirnos acceder a sus brillantes escritos, por transmitirnos las obsesiones por los aparatos pre-cinematográficos y la desbordante pasión por el expresionismo alemán. Como su hermano menor, padecí cuando supe que en 1968 el Ministerio de Cultura lo despidió de la institución que él fundó. Lo escuché decir que no era sino un simple mendigo del cine al referirse a su trabajo; o que la idea de coleccionar le vino del miedo a que una guerra arrasara con las películas y los equipos de la ciudad. Sonreí al verlo entrar goloso en las panaderías(6). Y soñé a su lado con realizar ese fantástico proyecto sobre Georges Méliès, Etienne-Jules Marey y los teatros ópticos.

Sin embargo, mis pesquisas fueron inútiles; la Cinemateca se había evaporado... Afortunadamente, una reciente babel que sustituyó al faro de Alejandría, me brindó la respuesta de su extraña invisibilidad. En un lacónico mensaje publicado en la red, el cineasta Claude Berri (actuando como Presidente de dicha entidad) notificaba a todos que, según los acuerdos efectuados con el Centro Nacional de la Cinematografía, se estaba construyendo un edificio que albergaría al antiguo Museo del Cine, la Cinemateca Francesa y la Biblioteca de Películas.

Dos años pasaron desde entonces, y durante ese tiempo yo visité la ciudad-monstruo siempre con un objetivo audiovisual. Mientras la gente se paseaba por los campos Elíseos -estilo Joe Dassin-, yo buscaba con precisión el lugar donde pasaron Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo en À bout de souffle de Jean-Luc Godard. Para mí, el metro no era el medio de transporte que facilitaba el desplazamiento, sino los decorados donde Cary Grant y Audrey Hepburn filmaron Charada de Stanley Donen; Luc Besson, Subway; Krzysztof Kieslowski, Blanco; y Jean-Jacques Beineix, Diva. La torre Eiffel fue el lugar donde danzaba Fred Astaire en Funny Face, de Stanley Donen; o la obsesión de un grupo de personas que desean verla desde su apartamento en Conocemos la canción, de Alain Resnais. Yo no veía en las calles y avenidas de París la elegancia arquitectónica, como en la desierta e insólita Paris brûle-t-il? de Jean Renoir, sino los sitios por donde la nouvelle vague rodó Los 400 golpes de François Truffaut, Zazie dans le métro de Louis Malle y Cléo de 5 a 7 de Agnès Varda.

Finalmente, en el 2006, la Cinemateca reabrió sus puertas en la calle Bercy, después de cinco decenios de mudanzas sin límites. Y sus cifras eran impresionantes: 14400 metros cuadrados de espacio, 50000 películas, 4000 cámaras y aparatos pre-cinematográficos que incluían la primera colección de la historia de Wilfrid Ernest Lytton Day, las colecciones personales de Langlois sobre el cine silente, soviético y alemán, millones de libros, fotografías y afiches, al igual que cientos de miles de accesorios y vestidos de época utilizados en los rodajes.

Yo me encontraba listo y al acecho, como un felino antes del ataque, pero parecía que el destino al manejar los hilos me dictaba la paciencia, porque no pude asistir a la inauguración, ni tampoco logré ir durante los meses siguientes.



III

En la escuela nos enseñaron a tender la cama,
allá organizabamos concursos para ver quién lo hacía mejor,
nunca gané, pero respeto este mueble.
En una cama venimos al mundo
y en una cama nos vamos.
La cama es un lugar sagrado
que no admite ninguna banalidad a su alrededor.
Pedro Almodóvar


Un asunto administrativo en la Embajada de Colombia me otorgó la oportunidad -mejor dicho: “la papaya”- de volver a París, y esta vez no permitiría que nada ni nadie, se interpusiera en la ya paranoica cita retardada. Pero al escuchar en el tren que había anomalías en el transporte y algunas manifestaciones sindicales, me entró el temor de fallar de nuevo la visita a la Cinemateca.

Atravesé en tren el país del vino -772 kilómetros entre las dos ciudades- y aunque hasta ese momento me había comportado como un filósofo zen, al pisar el suelo de la estación, me prometí acampar frente al edificio si era necesario; haría una huelga de hambre; llamaría a los periodistas; me arrodillaría ante los porteros para que abrieran las puertas; diría que tenía cáncer; todo era válido. Ya no se trataba de un simple día de cultura: era la justicia que se imponía para un colombiano que presentó gratuitamente todo el cine francés por las calles de Cartagena de Indias; un derecho adquirido e imprescriptible que se vislumbraba esquivo.

No obstante, como un estanque apacible, la ciudad me acogió -creo que ella sintió mi firme determinación-, acaricié sus muros ocres en señal de gratitud y una brisa cálida me acompañó venturosa hasta la puerta del coloso edificio. Movido por el sentimiento reprimido de aquellos días lejanos donde todo se interponía, compré el tiquete y me perdí -por fin- en el imaginario que desde el inicio de los tiempos grabara mi nombre sobre esa entrada de papel.

En la recepción ofrecían varias posibilidades de recorrido; yo opté por el tiquete que daba acceso a la exposición Almodóvar y enseguida a la muestra permanente. Por lo tanto, al salir del ascensor me encontré en la penumbra total, mientras la voz omnipresente del español describía su niñez y guiaba a los visitantes por un laberinto de luces de neón. Al principio apareció un joven delgado y bigotudo -irreconocible-; un cierto adolescente de La Mancha, que vivió, sufrió y filmó Madrid con su cámara super 8. Luego surgió, en la segunda sala, su período familiar: fotos, diarios, pequeños guiones, los collages que el ibérico realizara sobre Kafka en la hojas de la compañía telefónica donde trabajaba, sus obsesiones por el cosmos femenino y la justificación de filmarlas porque ellas son más expresivas que los hombres. Después vinieron otros collages (pero esta vez del artista Dis Berlin); era imposible escapar a esa colorida cama gigante y escandalosa que marcaba el sendero junto con los teléfonos obstinadamente rojos, las innumerables máquinas de escribir de las cuales Almodóvar se confiesa fetichista, los extractos de sus películas, los diseños de Jean Cocteau, algunos desnudos, afiches de sus cintas favoritas, las biografías y publicaciones, las fotos secretas, dvds.; mejor dicho: “todo sobre Pedro”.

Y lo mejor estaba por venir: la sección denominada “Passion cinéma” abarcaba toda la pre-historia de la imagen, desde las sombras chinescas hasta el cinematógrafo Lumière. Asumí entonces el rol del arqueólogo que remonta en el tiempo y en el espíritu de los hombres, al constatar mis conocimientos teóricos que nunca habían sido confrontados con la realidad del terreno. Frente a mis ojos giraban todos los equipos e invenciones que aprovechan la impresión retiniana para crear la ilusión del movimiento (en últimas, es un problema filosófico, pues la magia y el encanto jamás se escondieron en los aparatos, sino que siempre estuvieron en nuestro imaginario y en la capacidad de soñar).

Pronto esas divagaciones existenciales de los investigadores y la intelectualización de la fuente onírica del movimiento pasaron a un segundo plano, al impulsar jovialmente el zoótropo central; sucumbí ante el encanto del mutoscopio y el praxinoscopio; salté entre las linternas mágicas y los teatros ópticos; acaricié el kinetoscopio de Edinson y el bioscopio de Skladanowski; y jugué con el filoscopio y el fenaquistoscopio hasta el cierre de la atención al público.

Partí feliz, como un niño que viene de devorar una tienda de caramelos. Pero aún en medio de ese furor, recordé a un amigo que, mientras saciábamos nuestra hambre con unos patacones recalentados del muelle de los Pegasos, me solicitara una entrada de la Cinemateca para su álbum. En ese momento, comprendí que aquel flash-back tenía un componente ético, pero sobretodo gástrico, porque eran las ocho de la noche y yo no tenía nada en el estomago, de suerte que a mi organismo rebelde se le antojó un patacón con una rebanada de queso -cuestión improbable en París-. Así que puse mis pies en marcha hacía una panadería cercana y pedí dos brioches con pepitas de chocolate... Al saborearlos, me vino a la mente la imagen de Henri Langlois, quien degustaba los panes y después regresaba a trabajar en la Cinemateca. Yo hice lo contrario: comí, alejándome de ese sacrosanto lugar; pero con lágrimas en los ojos, porque Henri, mi hermano, ya no se hallaba sobre la tierra.

henrilanglois



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1- Universal, la Metro-Goldwyn-Mayer y la Paramount, en sus filmes: The perfect furlough de Blake Edwards, Un americano en París de Vincente Minelli e Irma la douce de Billy Wilder -respectivamente-, prefirieron recrear la ciudad en estudio. Igual aconteció con los directores más representativos de los años treinta en Francia: René Clair y Marcel Carné; e incluso Leos Carax, en los noventa, reconstruyó el puente y las fachadas vecinas en un espacio de 15 hectáreas para Les amants du pont neuf. La negación de París como decorado, la encontramos al ver Pickpocket de Robert Bresson; allí la capital es anónima, inerte, abstracta, casi imperceptible. De esa forma, Bresson refuerza su búsqueda permanente del alma humana, al excluir la belleza estética del plano.

2- En francés, “bobo” designa a los burgueses bohemios con buen nivel intelectual, amantes del arte y -en teoría- políticamente comprometidos. Ellos se divierten visitando los mejores sitios: museos, restaurantes y cafés.

3- La jetée: cortometraje de ciencia ficción -realizado a partir de fotografías- sobre un hombre que viene del futuro y que recuerda una imagen que lo marcó en su infancia en el aeropuerto de Orly (Terry Gilliam dirigió, en 1995, una versión libre intitulada 12 monos).

Chris Marker es un cineasta puro, de una sensibilidad y una militancia documental inigualables. Su nombre ha sido inexplicablemente omitido en muchos libros de cine -aún en Francia-. De él dijo lo siguiente el gran escritor Henri Michaux: "Habría que arrasar la Sorbona y meter a Marker en su lugar."

4- Notarán que no hago alusión a La Gioconda de Leonardo Da Vinci, que es la pieza obligada del Louvre. Pues la verdad es que ella no me tocó -y, según algunos amigos pintores-, ese cuadro requiere de varios encuentros antes de entregarte su virtud.

5- A lo largo de los años, las mudanzas de la Cinemateca y del Museo del Cine fueron reiteradas debido a la pérdida de las subvenciones del Estado. Aunque estas dos instituciones son diferentes, casi nunca estuvieron separadas, e incluso, al principio de las proyecciones de la Cinemateca, las empresas distribuidoras prohibieron a Langlois la venta de tiquetes. Por esa razón, él decía a la entrada: “Estos son tiquetes de entrada al museo, y además podemos visitar las películas. Repito, son tiquetes para el museo, no entradas de cine.

6- Ver los documentales: Le fantôme d'Henri Langlois, de Jacques Richard, y Citizen Langlois, de Edgardo Cozarinsky.



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3 comentarios :

Marc Jardí dijo...

Larga vida al Rey Langlois.

Tremendo artículo, muy... francés.

liliana dijo...

Langlois es el papá de la Cinemateca Francesa y modelo para todas las demás cinematecas (lo digo porque he trabajado en una de ellas, y Langlois era el referente sin dudas). A pesar de la cantidad de críticas que alguna vez sufrió, creo que se merece el mejor de los homenajes, porque querer preservar el cine es una de las tareas más difíciles y loables que se puedan encarar.
Bien por publicarlo, Yume.

Anónimo dijo...

Debian darle un premio Goya a GAL(2006), de Miguel Courtois..