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20070223

Year Zero: File #02/13/0000

The Presence



Año Cero.

Así le llamaron, en una maniobra tanto religiosa como totalitaria. ¿Cómo no nos dimos cuenta en aquel momento?

“Born Again” (B.A., el renacimiento de América) son las nuevas siglas que acompañan a lo que antes eran fechas históricas. Y lo aceptamos. Todo. De repente.

Igual de rápido que el gas Sarín se movió entre los andenes atestados del metro de Tokyo, y casi tan rápido como todas aquellas noticias llenaron las televisiones del mundo entero con imágenes de los terribles sucesos de Los Ángeles de aquel agosto del 2009 (-13BA).

Hoy en día hay, ya hay gente que cree que fue para bien. Puede. O quizá han pasado demasiados años. Quizá ya nos hemos acostumbrado a ese tipo de cruentos ataques químicos contra nuestras ciudades, o tal vez el Parepin lleve demasiado tiempo infiltrándose en nuestros acuíferos y depósitos de agua potable. Da igual. A pesar de nuestra apatía actual, fue terrible. ¿Qué podría deciros que no sepáis?

Todos tenemos a alguien caído en los enfrentamientos. Si no en el conflicto armado en Post-Irán, será en algunos de los ataques bioterroristas…, y si has conseguido huir del enemigo y del pertinente fuego amigo, cuídate de no estar cerca de algún objetivo de la Resitencia…

¡Dios! Como si no tuviéramos suficiente con la presión ejercida por la doctrina del “Programa de Saneamiento del Vecindario” de la Iglesia de Plano. Desconfía de tu vecino, es lo mejor que puedes hacer, y si no, hazte activista “y pon tu fe en acción”.

Lo sé, pronto estaremos todos ciegos. Si es que nos importa.

Kate, mi esposa, ha muerto en Chicago. En el atentado del 9 de Febrero de 0000, o como quiera que se llamara en el calendario antiguo. Fue la Resistencia. Estaba en el estadio de béisbol cuando la explosión, pero sobrevivió al derrumbe. Por supuesto.

La conocí en aquel grupo de ayuda a los afectados de Seattle. No hubo daños físicos por aquel polvo que salía de las alcantarillas, claro. Pero eso no quita que aún nadie haya reconocido que fue Ántrax. Yo estuve allí. Y lo sé. Yo era el terapeuta del grupo de afectados: sin secuelas físicas pero demacrados psicológicamente. Todo esto aún estaba empezando. Y ella era casi una niña. Y la amé desde el primer momento. Y empezó el “después”.

Después ya fuimos siempre juntos. Incluso a aquellos cursos anuales de “Tácticas en Estado de Conflicto” del ejército. Por eso sé que sobrevivió. Era la mejor. La mató el cabrón del francotirador que siguió a la explosión, estoy seguro. Aunque las autoridades no reconozcan nunca nada.

Y así, en estado de sitio permanente, dopados, oprimidos y temerosos de Dios y sus brazos armados, ¿cómo no va a proliferar el Ópalo? ¿Qué salida tienen los jóvenes aparte de unirse a la 105ª AeroTransportada? Sólo se puede ser traficante, o adicto al Ópalo. O ambas cosas a la vez.

Año Cero le llaman.

Quizá hubiera sido necesario que nada hubiera renacido después del fin. Que todo hubiera acabado allí. Que el que apretó el botón definitivo hubiera apagado las luces después…, y cerrado la puerta con un portazo…, y hubiera cerrado con llave para siempre. El final.

Este “nuevo comienzo” es injusto. Y el Gobierno no hace más que divinizarse. Maldita Oficina de Moralidad!

Pero puede que aún haya esperanza.

Nunca he sido religioso. Jamás. He tragado mucha mierda por ello, pero ahora ya no importa. Kate se avergonzaba de mi falta de fe. Recuerdo aquel día en la noria junto al lago. La gran inauguración. Esperamos horas a que se abriera y había gente que incluso llevaba días acampados por la zona, tanta era la expectación ante la envergadura del mecanismo de aluminio y vidrio que incluso salió en las noticias internacionales. Como niños mirábamos el reflejo del sol en la gigantesca curva que formaba contra el horizonte y su espina vertebral de montañas, y como adultos íbamos colocadísimos de Ópalo.

Los críos corrían a nuestro alrededor y la expectación de los padres se podía tocar en el aire con la punta de los dedos. Aún me pregunto cómo puede conservar el ser humano la inocencia en cualquier situación adversa. Entonces llegó nuestro turno, y ansiosos nos colocamos en la gigantesca cesta metálica. El suelo transparente se movía despacio y el aire se enfriaba por momentos. Había estado pensado en hacer un numerito romántico cuando llegáramos arriba, pero la bruma química que envolvía mi mente, y por qué no, mi pragmatismo, hicieron que me contuviese. Pero aún así mi corazón estaba mucho más que excitado. Y llegamos arriba, y la miré y ella me miró, y luego ya no me miraba a mí, miraba “a través de mí”. Me giré, pero a mi espalda sólo había cielo y pequeñas virutas de humo de la extinta Fort Sheridan. Pero Kate seguía mirando fijamente y su cara pasaba de horror a adoración con la misma rapidez con la que murmuraba una y otra vez “la mano”.

Nunca volví a probar el Ópalo después de eso…

Pero jamás conseguí que ella lo dejara. Y aunque nunca más tuvo experiencias místicas similares, desde aquel entonces he oído hablar muchas veces sobre este tipo de encuentros. Hasta hoy.

Nunca hubiera imaginado que yo acabaría contando esto, pero ya he visto el brazo que desciende del cielo. ¡Le he hecho fotos, maldita sea! Y ahora que sé qué es La Presencia, sé que cualquier cosa es posible.

Que Dios nos asista.


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presencia

2 comentarios :

Marc Jardí dijo...

Ejpelujnante neng, ejpelujnante.

¿Este escrito es cosecha tuya o de otro?

Un abrazo.

kuroi yume dijo...

Este texto es un pequeño acertijo que llegó a mis manos de una forma bastante extraña.

Digamos que al colgarlo así, estaba sondeando a los posibles lectores.