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20090815

sobre una cabeza de calabaza como catalizador de la venganza

Keep away from Pumpkinhead,
Unless you're tired of living,
His enemies are mostly dead,
He's mean and unforgiving,
Laugh at him and you're undone,
But in some dreadful fashion,
Vengeance, he considers fun,
And plans it with a passion,
Time will not erase or blot,
A plot that he has brewing,
It's when you think that he's forgot,
He'll conjure your undoing,
Bolted doors and windows barred,
Guard dogs prowling in the yard,
Won't protect you in your bed,
Nothing will, from Pumpkinhead.
Ed Justin


Lo hice. Cuatro películas seguidas, la serie completa de la saga Pumpkimhead, visionadas de un tirón. Deberían creerme si les digo que la sensación de deja vu era algo más que un pequeño pinchazo en la nuca. Y por supuesto lo que se podía esperar era ineludible: todas las secuelas, dejando de banda la muy especial primera parte, son espantosas por innumerables razones.

En 1988, una película basada en un poema de Ed Justin, Pumpkinhead (Pacto de Sangre), debut cinematográfico del Gran Maestro de los FX que era Stan Winston, no pudo hacer otra cosa que no fuera convertirse en un clásico del terror gracias a su conseguida atmósfera opresiva, el dolor que desprende la historia, la maravillosa mitología que reconstruye para el cine, y, sin duda, gracias a su protagonista, que confirmó que Lance Henrikssen es un enorme actor con una incapacidad patente para mantenerse interpretando buenos papeles. La magia del género, la poesía del cine de horror de aquella época, puesta en marcha para presentar una película tan sencilla como efectiva. No sé a ustedes, pero a mí me marcó profundamente esa historia de un padre destrozado por el dolor de la muerte de su hijo, que busca de forma irreflexiva una venganza sobrenatural que él es incapaz de abordar. La historia, y por supuesto la criatura. Un monstruo terrible, tan reflejo de la humanidad como los tres grandes clásicos, o incluso más, por la particularidad de la mitología. Ingredientes que no tardaron a atraer el culto de los fans del fantástico.

pumpkinhead

Tardaron cinco años en presentar la primera secuela, Pumpkinhead: Blood Wings (Pacto de Sangre 2: La Maldición de la Bruja). Completamente desconectada de la historia original (aunque plagiando planos, aquí completamente descontextualizados), convirtieron a la criatura en un monstruo vengativo por decisión propia, con lo que resulta la antítesis de lo que significa de verdad Pumpkinhead. Con un argumento imbécil, con diálogos imbéciles, y un montón de paletos idiotas como protagonistas que merecen morir, es posiblemente la peor de las cuatro. Además, el cuidado por la caracterización de la criatura decae hasta convertirla en poco más que una máscara de látex.

Pero aún quedaron ganas de más, y 18 años después de la original, Cabeza de Calabaza vuelve a ser invocado, esta vez (y en la siguiente secuela también) como continuación directa de la historia de Lance Henriksen en el papel de Ed Harley. Bueno, directa, directa..., pues no. Utilizar a Lance como nexo, como espíritu bondadoso que advierte del mal, es hacerle flaco favor a su historia, pero al menos es un reflejo de que respetan argumentalmente las reglas del mito. Por lo demás, Pumpkinhead: Ashes to Ashes (Pumpkinhead: La venganza del infierno), pretende actualizar la historia añadiendo truculencia, una atmósfera moderna (lo que la convierte en poco climática en comparación), un evil doctor interpretado por Doug Bradley (con el demonio y Henriksen, ya son tres monstruos en pantalla), y una historia sobre ladrones de cadáveres completamente desaprovechada. Una cinta irregular, sin alma, pero que muestra algunos de los mejores planos de la criatura de toda la saga... Y sin duda, también los peores, ya que se empeña en hacer del ordenador una herramienta para dar un poco de dinamismo a un monstruo que por definición no lo necesita (y que tampoco necesita parecer un caramelo relamido saltarín, pero igual son caprichos míos). Vean, vean:



Y por último (de momento) la última de la saga, Pumpkinhead: Blood Feud, fue lanzada al año siguiente. Muy similar en producción e intenciones a la anterior, narra la historia de amor entre dos jóvenes cuyas familias están enfrentadas, y que, una vez más, se ve sacudida por una muerte accidental que hace renacer el espíritu de venganza sobrenatural. Lo único destacable de esta versión es el intento por darle un toque gore que no acaba de encontrar su lugar, pero que siempre le viene bien a una masacre. De nuevo, lo peor no es la mediocridad de la cinta, sinó el empeño en presentar a la criatura haciendo proezas gimnásticas que sólo un horrible plano por ordenador puede conseguir. Eso y la completa carencia de respeto por el espíritu profundo de la original.


Como pueden deducir (y conocerán de primera mano si las han disfrutado todas), todas las secuelas son espantosas por una multitud de razones. Pero el problema de base es que no son capaces de encontrar el verdadero continente, y se recrean en el contenido, que si bien es vistoso, no podrá llenar nunca al espectador.

Lo que mejor hace la película del 88 es crear un clima para la venganza: No sólo los escenarios son magníficos, la dualidad de colores rojo y azul (bendita “noche americana”, cómo echo de menos el carácter onírico que transmitía...) marcan a cada personaje para un final trágico que se va construyendo poco a poco. Se desarrolla la trama junto al espectador, que se ve de forma irremediable implicado en el odio del protagonista. Aborrecemos al motorista asesino, tememos a la horrible bruja (icono que se va convirtiendo en un cliché más ridículo a cada secuela) y sufrimos con los inocentes implicados en la violencia y el dolor de un padre al que no le queda nada por perder.

Y las secuelas se olvidan de todo esto, se centran en el envoltorio y en los fuegos artificiales.

Aquí radica el problema: en la iniciática Pumpkinhead, la venganza conmueve al espectador al ser injusta. En el resto de películas de la serie, la afiliación del espectador está siempre con la criatura. Y así llega el golpe definitivo que deja en ridículo a las partes 2, 3 y 4. El monstruo.

Sin más, la criatura deja de ser cruel, juguetona, y exhibicionista (la intención original de Cabeza de Calabaza es que cada muerto se convierta en un aviso para el resto de personajes, para les duela tanto como las heridas que recibirán). La importancia deja de estar en lo que hace (la venganza) para dirigirse a la propia figura del monstruo.

¿Qué sentido tiene usar un ente sobrenatural, si el castigo no es inmensamente más cruel que el crimen? Entonces, ¿por qué cojones se empeñan en hacer resurgir de un campo de calabazas al demonio de la venganza en infinidad de secuelas imbéciles?

Y ya lo definitivo: el intercambio mutuo entre la criatura y el invocador. Lo que era una dolorosa metáfora de la corrupción anímica de la venganza, se acaba convirtiendo en un estándar más, en la forma de vencer al mal (“matamos al invocador, matamos al demonio”).

¡Por Dios! ¿Es que nadie se ha dado cuenta de que la idea de que el humano también transforme a su doppelganger monstruoso es de las más bellas de la historia del cine de terror?



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3 comentarios :

Hombre Lobo dijo...

A esta saga le tenía ganas desde hace bastante tiempo, aunque tu comentario sobre las secuelas me aleja un poco. Solamente he visto la primera y, como ya te he comentado, es una de esas grandes películas que por desgracia no son demasiado conocidas (algo común, por cierto, en la mayoría de estas películas de terror de finales de los ochenta y principios de los noventa).

Por cierto que la distancia temporal de la tercera y cuarta película con respecto a las dos primeras delata la presencia de una bizarra costumbre actual de escupir secuelas tardías en el formato de directo-a-video con el solo propósito de vampirizar el buen nombre de una película anterior con la que, la mayoría de las veces, no tiene nada que ver esta continuación supérflua. Lamentable.

kuroi yume dijo...

horrible costumbre, cierto. y si vd. se fija, digo que la cuarta es la última "de momento", porque tiene toda la pinta de ser un filón inagotable (y más desustanciado cada vez)

ESTELA SILGUERO dijo...

Lastima! Me gustaba cuando no era computabilizado!