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20110730

sobre imaginarios colectivos continuos, redundantes y expansivos

todd ingram

Para aquél que no la haya leído: Los Muertos de Jorge Carrión presenta una apocalíptica ficción definitiva sobre la propia ficción televisiva. Y no tanto como revelación del fin de sus tiempos, si no como metáfora compleja del sufrimiento y éxodo de unos personajes que desaparecen de sus entornos vitales y reaparecen con otras identidades, otras circunstancias y otros lugares.

Pero dentro de todo este discurso ficcional enrevesado subyace una idea más simple que afecta, esta vez sí, nuestro mundo real (un mundo cada vez más hipervinculado con la ficción: si no, niéguenme que cualquier cosa que actualmente pretenda etiquetarse como metarreferencial, no debe empezar muchos escalones más arriba que lo así etiquetado hace unos años). Y es que los personajes de las series, efectivamente, mueren. Si no porque sus vidas se truncan con el transcurso de la propia historia, morirán cuando las audiencias manden y se dejen de emitir y rodar más tomas. Pero a nivel realidad, detrás de cada personaje (normalmente) existe un actor que lo interpreta. Y a no ser que ese actor fallezca realmente, seguirá trabajando, y seguirá interpretando otros personajes que pueden estar empapados de la esencia de interpretaciones anteriores, siempre dependiendo de lo que hayan calado en el público. Y si no díganme que no se imaginan a Edward James Olmos, en su traje de oficial estelar William Adama, haciendo unicornios de papel en su camarote, en sus ratos de soledad y whisky.

Se crea así un imaginario colectivo continuo, redundante y expansivo en el que cada nueva ficción que usa a actores reconocibles, acumula un bagaje tan grande que, bien jugado, puede llevar a enriquecer de forma muy inteligente las diferentes capas que forman la historia. O, por el contrario, convertirse en una lastre.

Un buen ejemplo de la primera opción es la imagen que encabeza este artículo. Dos capas yuxtapuestas perfectamente que, sin hacerlo explícito, igualan el poder de Krypton con la salubridad vegana.

En cambio, Kevin Smith no fue capaz de aprovechar de todo al John McClane que Bruce Willis lleva dentro en Vaya par de Polis. Así mismo, alguien que sí ha sabido jugar bien esta baza del imaginario colectivo es otro Bruce, “don't call me Ash” Campbell. En cada una de sus intervenciones hay un poquito de Ash, por mucho que juegue a escapar de ello. Bueno, aunque es posible que el problema principal aquí sea que hay mucho del propio Bruce en Ash, pero eso es otra historia... Otros ejemplos claros serían Nathan Fillion (¿qué decir?), o el puto amo Robert Downey Jr. Cada papel nuevo que interpretan nace lleno de matices que vienen de otros personajes anteriores, aunque también de ellos mismos.

Y entonces, ¿cómo es que no implosiona el universo (o al menos nuestras cabezas de tanta acumulación condensada) al aparecer una serie como la versión 2010 de Hawai Five-0? Por si no lo saben, echen un vistazo a su casting habitual y súmenle sus estrellas invitadas:

Alex O'Loughlin: protagonista del fallido duplo "detective-vampiro" en Moonlight, como el resto de actores afincados en la ficcion norteamericana vaga de serie en serie hasta que va llegando a papeles protagonista. Y Scott Caan: perfilado por The Entourage. Y Daniel Dae Kim, marcado para siempre por su papel en Lost. O Grace Park: Antes Boomer, o Athena, o quién sabe qué, en Galactica. Díganme que no piensan en ella, siempre, como en una cylon.

Y como estrellas invitadas, por ejemplo, Masi Oka (Hiro Nakamura en Heroes), Mark Dacascos (¿dónde no habrá salido este hombre?), Taryn Manning (recién salida de Sons of Anarchy), o el ya eternamente wedonesco James Marsters (sin colmillos esta vez)...

Y, hasta que se acabe la pasta, aumentando la lista.

Recapitulando: ¿Por qué no quedamos catatónicos ante tantas capas de información subyancente al mirar un fotograma de esa serie? Pues porque esta acumulación no es más que una estrategia comercial bastante vacía de contenido. Aparte de los secundarios (que es normal que roten de serie en serie) que grandes protagonistas de series canceladas acaben juntos bajo el mismo título no es más que un intento de aprovechar ese halo personal y arrastrarlo hacia un posible nuevo éxito. En cambio, en Hawai Five-0 no hay más que lugares comunes y naderías, y lo que debería ser un programa bigger than life, acaba siendo un cementerio de estrellas. Suerte que no existe un marcador que se ponga a cero en popularidad: los actores, por separado, seguirán formando parte de nuestra imaginación colectiva.

Y el ejemplo es fácil: cuando dentro de unos años, en alguna convención de cómics una anciana cylon y un koreano perdido en una isla hagan chistes sobre ser policías en Hawai, el ciclo estará completo.

Y si no que le pregunten a Lucifer, o al miembro del IRA Jimmy O'Phelan, por qué están haciendo chistes sobre corchos en esa isla en la que al parecer se pierde todo el mundo...




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2 comentarios :

fjavierp dijo...

Gran entrada, señor. Recuérdeme un día que le hable de mi teoría sobre la ficción como organismo vivo, que se alimenta de hipervínculos y de nuestros comentarios en plan "¿Has visto quién es ese? ¡El chavalito de Brick, que salía en Third Rock from the Sun! Ahí, dándose de hostias en gravedad cero. Vaya tío...", al ver una película en pareja.

kuroi yume dijo...

¿ese organismo se alimenta del comentario o de la cara de incredulidad de la susodicha pareja, que piensa: "cómo cabe tanta mierda en un lugar tan pequeño"?

Se lo recordaré, que ahora quedo intrigado.