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20121217

la víctima colectiva, el horror universal, y (siempre) vectores infecciosos.



Contiene algún spoiler, sin importancia, de American Horror Story - S02E09 - The Coat Hanger

En "sobre imaginarios colectivos continuos, redundantes y expansivos" esbocé (más bien eyaculé) una teoría sobre cómo la ficción se arrastra a sí misma de una historia a otra a través del halo de los actores que intervienen en cada obra (siendo muchas veces su historia personal bastante miserable en comparación con la leyenda que acumulan en la interhistoria popular). Y lo hacía explicando, llámenme absurdo, un caso que resultaba ser todo lo contrario de lo que estaba reivindicando: Hawaii 5-0 como una serie-cementerio donde nada de los mitos anteriores se colaba en la ficción presente. No han cancelado la serie aún y está en plena tercera temporada. Cosa que demuestra el poco criterio que tengo, o bien la enorme cantidad de gente que soporta (en la acepción de sustentar, aunque la otra también) semejantes naderías.

Pero aquí quiero rendirle pleitesía a un ejemplo mejor y más clarificador de lo que venía a decir en aquel artículo. Y en este caso, la interhistoria que se cuenta con tan sólo el contexto, es tan maravillosa como el resto del continente que la acompaña. Asómense despacito, que asusta.

American Horror Story es una serie caótica. De forma absoluta. La superposición de temas es su principal recurso, cosa que puede resultar algo confuso al principio, pero que bien hilvanado acaba formando una pequeña obra de arte que demuestra cuáles son los verdaderos all-american horrors y cómo pueden presentarse juntos de una forma coherente. Y su segunda temporada, renombrada bajo el epígrafe de Asylum, es lo mismo, pero convertido en un absoluto frenesí.

El tema principal de la primera temporada era "la casa encantada", o de forma más correcta, los fantasmas que la pueblan y anidan en el imaginario colectivo norteamericano. Y aún así, ningún fantasma aparece en Asylum. Y no es la única diferencia. Apenas repiten algunos actores, y si lo hacen es en papeles sin conexión con los que tenían en la temporada anterior. Pero claro está, si me creo mi propia teoría, algo queda. Y es cierto si miramos, por ejemplo, a Evan Peters, que el año pasado representaba al asesino escolar Tate Langdon, y este año interpreta a Kit Walker, con un impactante punto en común entre ambos personajes como es el no ser consciente de la realidad que esconden las acusaciones de asesinato que le señalan.

Pero no es en esa capa, sencilla en el fondo, en la que quiero quedarme. Más adentro. Hay un ejemplo aún mejor y que además amalgama todos los temas de la temporada (y seguro que también los universales del horror americano): la maternidad como vector infeccioso de la psique enferma, la psicología como falaz panacea y lesiva válvula de escape, el psychokiller como elemento pop redundante y autoreplicante, y el amor desmesurado por el pasado siniestro, ya sea ficticio o real.

En ese contexto se presenta en escena la consulta de la Dra. Gardner, una psicóloga conductual de esas que ayudan a rebajar peso, dejar de fumar, y promete cortar radicalmente con todo tipo de comportamiento compulsivo. Por la puerta entra el Sr. Morgan, que dice ser esclavo desde niño de una compulsión terrible. Ya en su época escolar se veía impelido a desollar animales. En esa pequeña conversación, una mente despierta empieza a atar cabos. ¿El Sr. Morgan no se llamará Dexter? No, no se llama Dexter, se llama Johnny, pero es gracioso. Entonces le miro bien y percibo que es Dylan McDermott, el protagonista de la primera temporada de la serie. Allí era un marido adúltero, pero no un sociópata. Descartado. Pero miro la reacción de la Dra. Gardner. Reconozco a Brooke Smith, actriz-víctima donde las haya que en ese entorno se convierte de repente en Catherine Martin, la joven entrada en carnes que Buffalo Bill mantiene retenida en El Silencio de los Corderos. Ahora abre la boca perpleja delante de un émulo (una faceta más) del mítico y polifacético Bloody Face. En ese momento, no puedo evitar sonreír por dentro. ¿No es una deliciosa casualidad? ¿O hay alguna intencionalidad? Yo lo tengo claro.

La buena ficción es colectiva, continua, redundante y expansiva.






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1 comentario :

jacobo dijo...

Habrá que conseguirla para verla