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20130829

Sobre tripas, tramas desanudadas y un montón de malditos hijos de puta.

the shield

Hace 11 años que empezó a emitirse The Shield. Y del último episodio hace ya 5. Que la saque a colación hoy no es pues un tema de aniversario. Ni siquiera es un guiño a esos tres años de condena laboral con los que cerraba el último plano del protagonista: Hace dos años que Vic Mackey hubiera acabado de trabajar atado a un cubículo. Eso si llegó a aguantar tanto. Aunque lo cierto es que en esos cinco años en esta parte de la realidad, Vic / Michael Chiklis se arrastra por papeles secundarios vulgares, o directamente por protagonistas de mierda. Pero eso es otra historia. Que esté hablando hoy de The Shield es básicamente porque anoche terminé de ver la serie. Culpa mía, por supuesto. Mil veces me habían dicho que debía verla. Y igual número de veces otra producción la adelantó en la lista de espera. Nada grave, en el fondo, porque vivir al día una serie es, además de un martirio personal, una catástrofe moral al tener que aguantar los ríos de hype estúpido y las toneladas de basura virtual que se genera alrededor. Por eso, estas últimas semanas de disfrute impaciente, acelerado y egoísta (ni nadie ni nada podía arruinar la historia salvo la propia historia) han sido maravillosos.

Porque The Shield funciona como debería funcionar todo en la TV. Inteligente, duro y en las tripas. Contemporánea de The Wire, pero con más vitaminas. Y padre orgulloso y fanfarrón de la más ligera Sons of Anarchy (padre, he dicho bien), es una serie de policías en su sentido clásico. De líneas vitales, de claroscuros, de personajes sin estereotipar y de grandes guiones.

Y es fácil de suponer que los grandes guiones nacen de grandes escritores, pero esa capacidad de entrelazar círculos y desanudar tramas no les hace precisamente mejores personas. Más bien suele ser lo contrario. Los buenos guionistas son seres malvados, deseosos de hacer sufrir al espectador a través de la indefensión proverbial de los personajes ficticios. Y los que diseñaron el desenlace final a partir del piloto de esta historia de policías que se mueven por los intersticios de la ley son un ejemplo de manual de lo que es la maldad.

Porque shows en los que la trama nos lleva a ponernos del lado de un protagonista de moralidad dudosa hay muchos. Casi todos, en los últimos tiempos. Pero ni siquiera David Chase tuvo las agallas de juzgar de verdad a Tony Soprano. Y aunque pronto sabremos cuál será el final de Dexter, dudo que se le trate con la dureza que un tipo de su calaña se merecería en la vida real. Entonces, ¿es eso lo que hace diferente a The Shield de todas las otras? En efecto, en su última temporada la historia no permite alivio al espectador. Todo lo contrario. Toda la permisividad ética con la que la trama de superación criminal nos estaba haciendo comulgar, todo ese desahogo que el ingenio de Vic Mackey proporcionaba, y la alquimia que se conseguía de esos personajes que siempre acababan cayendo de pie, se convierte en un duro mazazo al espectador. Por supuesto, las señales estaban allí: el paulatino final del Equipo de Asalto era la pista más clara. Pero nada hacía esperar que se acabaran las concesiones al espectador de una forma tan tajante.

¿No hay paz para los malditos? Hijos de puta, eso no es lo que me habíais hecho creer en las anteriores 6 temporadas.

Y aún así, o gracias a eso, el capítulo final es tan duro y tan bueno que anoche me aplaudían las pelotas. Pero no "bueno" en el sentido de esa perfección sublime del final de The Wire, en la que todo lo decente acaba flotando y las cosas se cierran con la más amable de las soluciones posibles. Si no en el sentido de "todo lo que se tenía que contar es jodido y es esto. Y acaba aquí. Así. No hay más". El resto no importa aunque quede esbozado en una media sonrisa y en una pistola del calibre .45.

Los dioses del arte mantengan la salud a todos esos malditos hijos de puta.




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