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Sitges 15: As the Gods Will (Takashi Miike, 2014)



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La bipolaridad como guía de estilo.

Ya se ha hablado con anterioridad en esta casa sobre la doble vertiente formal de la carrera de Takashi Miike [Sitges 2014: Over Your Dead Body - 10/10/14]. Temáticas y estilos contrapuestos que no hacen más que generar un todo caótico, al que muchas veces cuesta encontrar una unidad. O, hablando de un director de cine, rasgos de autoría clara. Pero es evidente que en Miike esos rasgos están presentes, y podría decir que no son otros que una magistral gestión del descontrol y de la variabilidad casi aleatoria. Por hacerlo simple, en un ligero esfuerzo de empatía, diría que lo que hace el japonés cuando se pone detrás de una cámara y dice “acción” es divertirse. Así de fácil.

Ya en ese mismo artículo del año pasado, nombraba la presente película como la que presumiblemente iba a ser el yang de la sosegada Over Your Dead Body. Ya adelantábamos entonces, con solo un primer visitando del trailer, que As the Gods Will podía ser el ejemplo claro de cine tronado con el que últimamente el director compensa su faceta sosegada. Y vale. Ya la hemos visto.

Y sí. Es una auténtica salvajada deliciosa.

Y es que el argumento da para eso y mucho más. Basado en un manga de Muneyuki Kaneshiro y Akeji Fujimura, se introduce en la vida de Takahata Shun, un estudiante de secundaria, el día en que la cabeza de su profesor explota y de su cuerpo sale un Daruma, un juguete de madera tradicional japonés que obliga a la clase jugar a un sanguinario juego del escondite inglés. Y ese es sólo el aperitivo de una escalada de violencia naïf pero sumamente cruel (y estética, por supuesto), en las que los juegos infantiles se pervierten para acabar con toda la juventud mundial.

Fantasía y nostalgia de la mano hacia la extinción.

Presentado así podría parecer un remedo de Battle Royale, pero el argumento de As the Gods Will llega mucho más lejos al implicar voluntades divinas, además de los habituales héroes humanos y antagonistas de epicidad inusitada propios de este tipo de formato excesivo. Bien pensado, tendríamos que mezclarlo con Gantz para que la comparación fuera más exacta.

Tan excesivo en esta ocasión, que me cuesta recordar semejante volumen en otras obras del autor. Caracterizada su filmografía por brotes impredecibles de violencia, en esta ocasión la película se recrea totalmente en ello desde el primer momento, y no ceja en su empeño de descuartizar y mutilar cuerpos adolescentes de las formas más poco realistas y absurdas posibles hasta el mismísimo final de la historia. Eso si se puede considerar que lo que perpetra Miike como resolución se puede llamar un final como tal. Porque no es ya que se dejen cabos sueltos (propios de una conversión a imagen real de una historia inconclusa), es que es capaz de revolucionar la historia añadiendo nuevos personajes absolutamente imprescindibles en los últimos compases de la cinta. Algo así como si quisiéramos hacer notar en el último capítulo de The Walking Dead que la batalla suprema entre dos personajes que representan el Bien y el Mal es lo que está provocando todo lo que ha sucedido en la serie.

¿En serio? ¿Cómo? ¿Y lo piensas dejar ahí?
Pues sí.

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