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20160227

etdc (XVI): la verdadera naturaleza espectral (The Forest, 2016) vs. (Onibaba, 1964)




Mayumi: Spirits cannot rest there. They come back… angry.


the forest

onibaba


RELATO CINECARTOGRÁFICO

La explotación del cine de terror oriental tuvo su época. Y fue despiadada. Cuando las productoras occidentales descubrieron que la fiebre japonesa ya había calado en los amantes del terror de todo el mundo, no dudó en poner en marcha su maquinaria charcutera y empezó a fabricar productos de tan diferentes resultados como sus variopintos ingredientes. Y así murió el fenómeno. Por agotamiento y por miseria. Al principio, los productores norteamericanos hicieron pequeñas apuestas: un remake americanizado al principio, una secuela coproducida (y americanizada) después, y finalmente se dejaron llevar con subproductos que no parecían haber entendido nada de nada del origen de todo aquello. Por fortuna, todo pasó. Pero en Japón, nación de fandom recursivo, nada se extingue tan fácilmente, y la cosa ha seguido su propio camino, muchas veces transmedia, en esta última década que aquí, en el oeste, fue un tiempo de silencio, cine de terror indie, y mucho Blumhouse. El horror oriental siguió, claro, pero sin molestar a nadie en concreto. Y ahora, en 2016, de la nada, aparece The Forest. Repitiendo el esquema utilizado por uno (o varios, diría) de los enésimos episodios de The Grudge con Sarah Michelle Gellar (esto es: actriz de TV sufriendo el horror nipón, el jet lag, y el choque cultural), Natalie Dormer se ve envuelta en The Forest en una pesadilla que, a pesar de ser tan japonesa como el ya legendario Aokigahara, o bosque de los suicidas, no parece haber entendido nada de lo que implica lo que están haciendo allí. Por otro lado, no es una sorpresa, pues es lo que resulta de haber sacado el argumento de un artículo de la revista Vice. La cuestión es que, teniendo en cuenta que estoy aquí para hablar de escenarios, es una verdadera lástima que no haya mucho que decir de ese bosque, aparte de lo fieles que son sus imágenes a las postales del horror que pueblan google images bajo la búsqueda de las palabras "suicide forest". Al final, en el arte de The Forest no hay fuerza, ni personalidad, ni entidad propia, y se podría haber ambientando en cualquier otro sitio y funcionaría igual de mal. Porque casi no hay ningún plano de árboles sin la presencia de algún protagonista. Por torpeza extrema, Aokigahara no resulta un personaje de la historia. Para entender claramente qué se ha hecho mal, sólo hay que mirar atrás. Bastante más allá de ese boom del que hacia mención al inicio. Y volver a los orígenes de ese cine de terror japonés, para hacer una síntesis y un voto de renuncia desde los fundamentos y tópicos primigenios.

Por ejemplo: existe esa obra maestra del cine japonés que es Kwaidan. En ella, siguiendo ese gusto tan japonés que es autoversionarse, rehacer, y recrear, vemos cuatro de las leyendas de terror clásicas de la cultura nipona. Se puede decir que casi todo el terror oriental viene de esas historias de fantasmas (kwaidan), que no son más que cuentos y leyendas pseudorealistas de tradición oral, que fueron recogidas infinidad de veces en antologías del terror. De esas historias destaca la presentación de la mujer como elemento secundario, sumiso, e instrumento sexual habitual de una sociedad machista, pero que, por el contrario, alcanza todo su poder castrador, de ira y venganza, una vez muerta, convirtiéndose en un onryo (multitud de ejemplos del cine actual siguen esa estela, puede que sin ser conscientes, y pienso ahora mismo en Oculus). Surge entonces la mujer como instrumento del mal, totalmente despersonificada de facetas humanas (ese largo cabello negro sobre las facciones lo deja bastante claro), pero con todo el poder de los elementos a sus espaldas, habitualmente el agua. Si a la mujer como material habitual, le añadimos el politeísmo y las personificaciones antropomórficas radicadas en el sintoísmo, nos encontramos extrañas historias en las que animales y dioses que se enamoran de humanos y acaban siendo castigados por su blasfemia. En este nivel encontramos un personaje de leyenda habitual, uno de los oni (ogros o demonios) más conocidos de Japón, que ha pasado al teatro de máscaras Noh y de marionetas Bunraku en multitid de ocasiones: el demonio femenino Hannya. Personificada habitualmente con una horrible máscara de largos colmillos y cuernos, las historias habituales la presentan como una bellísima mujer que para su desgracia se enamora de un joven monje. Debido a ese amor prohibido y al castigo recibido, ella acaba convirtiéndose en un terrible oni, ejemplo de la ira y de la venganza. Asume así el rol del demonio más terrorífico de todos, capaz de asustar tanto al resto de fantasmas, como al de enemigos. Tan terrible era su leyenda, que su imagen fue usada como amuleto por los grandes guerreros ansiosos por atemorizar a los contrincantes. Pasó así a convertirse en un amuleto de buena suerte: a costa de atemorizar a cualquier persona que intentara cualquier mal al portador.

Y luego está la historia de otro e los principales oni, la Onibaba (algo así como la vieja demonio) que viene de una historia aún más terrible que la de Hannya. En la mayoría de las recopilaciones, la hija menor de una gran dama tiene una extraña enfermedad y un adivino le revela que sólo comiendo el hígado de un feto vivo puede salvarle. La tarea de conseguir uno es encomendada a una de las niñeras de la familia. La sirvienta, decidida a conseguir su objetivo, le coloca un amuleto protector a su hija recién nacida, abandona su hogar y a su marido, y emprende su misión. Pasan meses en los que no tiene éxito y se acaba ocultando en una cueva donde pasa décadas afilando su cuchillo y su locura, mientras se va convirtiendo en una harpía deforme y medio ciega, llena de rabia y hambre. Finalmente, llega el día en que consigue atrapar a una joven en estado, a la que desolla sin pensárselo con la creencia de que podrá recuperar así su antigua vida. Pero es entonces cuando ve el amuleto de su familia y se da cuenta que la joven es su hija, ya adulta. Acaba así por perder la poca cordura que le queda, y nace otro tipo de demonio terrenal y terrible bajo el nombre de Onibaba.

Con todo esto, es fácil entender más profundamente el argumento de Onibaba, otro clásico indiscutible del fantástico japonés, y una indudable obra maestra del Séptimo Arte. En esta película, encontramos una historia sobre las guerras civiles de la edad media japonesa, pero vista desde el lado de los pobres. No seguimos a grandes y heroicos samuráis, sino a dos miserables mujeres que se ganan la vida asesinando a traición a los desdichados desertores y vendiendo sus armaduras y armas. Toda la película transcurre cerca de Kyoto, en el mismo campo de altísimas plantaciones de arroz, asfixiante tanto por su densidad, como por la maravillosa iluminación del blanco y negro en el que está rodada la película. Una ambientación brillante y fantasmagórica, que en las escenas nocturnas otorga una luminosidad espectral a ese campo, que se convierte en un personaje más. Pero no en el sentido más tópico, si no como catalizador de las desdichas, como pretexto y símbolo de la corrupción humana. Estas dos mujeres son madre y esposa de un hombre que nunca volverá de la guerra para sacarlas de esa situación. Y es debido a la muerte de ese patriarca ausente en plena deserción, y a la vuelta de un vecino de las mujeres, que se ven envueltas en una cruel pantomima de horror, fantasmas, maldiciones, y demonios. El resultado es un cuento de celos, sexo, muerte, miedo, y una máscara de Hannya, que se convierte en símbolo de la más oscura y profunda depravación moral humana. Mucho más allá los onryo: humanos haciendo de humanos. Y es en la presentación de esos símbolos cuando juega de nuevo un papel espectacular la fotografía en blanco y negro, en ocasiones forzada y espectral, convirtiendo cada objeto y rayo de luz en un marco que ilumina, como si se tratara de un escenario teatral, esas partes, caras y objetos que deben quedar resaltadas. Al más puro estilo cine negro clásico. Y es con la aparición de Hannya, dotada de un toque realista al basarse en la tradición del guerrero enmascarado, donde reside el verdadero impacto: angustia, dolor, terror, odio, y venganza, reflejados en el rictus de esa máscara, especialmente remarcado por los llantos de miedo, y sobre todo por esa banda sonora tan brutal, básica, y rica en matices.

¿Tiene sentido, entonces, preguntar si tiene la misma intención artística la naturaleza salvaje que enmarca Onibaba y la que dibuja The Forest? Porque uno pensaría que una película cuyo nombre hace referencia a un paraje natural, debería darle más importancia al contexto, que no quedarse tan solo en la presentación esquemática de un mero paisaje por el que pasear un baile de máscaras. ¿No es cierto? Y es que, por mucho que se parezcan ambas intenciones, no es eso lo que hace Onibaba. Y si los autores de The Forest ven cualquier similitud entre las dos propuestas, el cine futuro está en un verdadero problema. Existen muchas formas de hacer las cosas bien, y me temo que todas pasan por la pasión, la inteligencia y el buen arte.


FICHA TÉCNICA #1
Nombre del lugar: Bosque de Aokigahara.
Visitante: Sara Price (Natalie Dormer).
Fecha de la Visita: 2016
Situación: Monte Fuji, Prefectura de Yamanashi, Japón.
Dirigido por: Jason Zada.
Director de Fotografía: Mattias Troelstrup
Director de Arte: Jasna Dragovic y Kikuo Ohta
Efectos Especiales: Millennium FX
Año: 2016


FICHA TÉCNICA #2
Nombre del lugar: Afueras de Kyoto.
Visitante: Mujer de Kichi (Jitsuko Yoshimura) y Madre de Kichi (Nobuko Otowa).
Fecha de la Visita: Siglo XIV
Situación: Prefectura de Kyoto, Japón
Dirigido por: Kaneto Shindo.
Director de Fotografía: Kiyomi Kuroda
Director de Arte: Kaneto Shindo
Efectos Especiales: Yoshio Kurihara
Año: 1964



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