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20160611

etdc (XXXI): el escenario como arma (I Saw the Devil, 2010)


Mother of Kyung-chul: Are you in there?
Kyung-chul: No. Don't open the door. Don't fucking open the door and just go home. Go home!
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RELATO CINECARTOGRÁFICO

Existe un país donde los martillos deberían venderse con permiso de armas.

Doy por sentado que todo el mundo sabe que me refiero a Corea del Sur. Desde el momento en que se proyectó por primera vez la escena en ese extraordinario pasillo lleno de esbirros de Oldboy, el boom de la violencia cuerpo a cuerpo del cine coreano ha convertido a sus películas en piezas indispensables en las listas de películas obligatorias de todo buen aficionado al cine. Porque las armas de fuego eran cosa de los chinos y japoneses, con sus estilizadas coreografías hiperdramáticas, pero las armas de melé tienen acento coreano ya desde antes de que Oldboy asaltara el corazón europeo.

Porque mucho antes de ese martillo, esa violencia hermosa y visceral ya se había convertido en clásica de la mano de la poesía afilada e hiriente de Kim Ki-duk. Los anzuelos en Seom marcaron mi percepción del cine oriental, alejando mi interés adolescente por el esteticismo manierista de John Woo para siempre. Seguido llegó la concepción de la justicia de Park Chan-wook, con tres obras sobre la venganza que se han convertido en canon para todo el thriller coreano. La lista de ejemplos podría ser interminable: Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy, Sympathy for Lady Vengeance, Memories of Murder, o Bedevilled, siguen la misma senda. The Yellow Sea, o Nameless Gangster están más cercanas al thriller policíaco de Hong Kong, con sus tríadas bailando entre alianzas, traiciones, y exaltación de masculinidad y honor, aunque todavía se destila en ellas el gusto por el atrezzo sanguinoliento. Mientras tanto, Ki-duk ha seguido su propio camino tormentoso, siempre violento, claro, pero mucho más personal e inclasificable.

I Saw the Devil sigue la estela de ese cine de ajuste de cuentas, pero es un intento de ir aún más lejos en la temática. En esta ocasión, no hay un único elemento violento que intente resarcirse de forma brutal. En este caso, tras la espiral de crueldad, todo evoluciona en una escalada de represalias mutuas entre un asesino en serie sin escrúpulos y un agente especial de la policía que convierte el asesinato de su mujer en la mejor excusa para mirar sin temor al abismo, y convertirse de igual forma en el monstruo que le devuelve la mirada. Sin piedad, y en un juego recíproco del gato y el ratón, ambos protagonistas no dudan en perder toda su humanidad para conseguir una victoria imposible sobre su contrincante. Crueldad. Angustia. Emoción. Puro thriller coreano.

Pero la forma en la que está rodada I Saw the Devil deja una pregunta que no me había planteado antes como espectador: En este cine basado en el macguffin y la utillería enfática, ¿la amenaza son las personas o los propios objetos? Y es una pregunta que cobra más importancia en el cine de Corea, cuando es la normativa gubernamental la que ha conseguido la no proliferación de armas de fuego y la consiguiente creatividad a la hora de ejercer la violencia.

Porque los americanos lo llaman foreshadowing, aunque a nivel dramático se conoce como el arma de Chéjov: El espectador de cine se ha educado en la necesidad de que cada elemento de la historia sea necesario para la misma, en una versión dramática del sencillo concepto de cierre gestáltico. Si un objeto cualquiera recibe un segundo de atención en plano, los principios de continuidad y simplicidad dictan que tiene un valor eminente en la historia. Siempre existen maniobras de distracción que se aprovechan de las expectativas, pero no anulan el efecto (aunque empiezan a difuminarlo por desgaste). Por eso, es curioso que I Saw the Devil se convierta en un muestrario de objetos letales, fotografiados de forma hermosa, y planteando la cuestión de si existe una maldad inherente en los objetos, víctimas inertes de la infección de la vileza de sus propietarios. En una suerte de psicometría hiperviolenta y animista.

Porque vista desde esta perspectiva, además de una retorcida historia de ajuste de cuentas, I Saw the Devil es un catálogo, o mejor una ruta guiada, por ese muestrario de objetos envilecidos y el entorno donde descansan hasta que puedan realizar su terrible destino.

Y arranca, evidentemente, con un martillo.

Pero sigue con un cuchillo, y una tubería, y una guillotina improvisada que también resuena con fuerza en el mito. Luego la más evidente hazada, y una navaja escondida en una bota, y detrás viene esa roca enorme que casi termina con el problema mucho más pronto de lo deseado. Luego vienen juegos escalofriantes con un escalpelo, y otro cuchillo, y un destornillador. Entonces llega la escopeta, poderosa y temible, pero en el fondo mucho menos dañina cuando otros objetos menos previsibles toman el mando, como la caña de pescar, o las tijeras. En el siguiente giro de guión vuelve el cuchillo, pero una vez más incapaz de superar el desmesurado efecto de un palo de escoba, y de una mancuerna. Y finalmente el coche, elemento indispensable y verdadero macguffin de la historia, pero ahora como arma, y de nuevo elemento clave de un secuestro. Hasta que vuelve la guillotina, por supuesto, para acabar el trabajo de verdad, en una retorcida maquinaria de Goldberg.

También hay otros objetos más neutros que dirigen la historia, pero sin toda la carga lesiva de los anteriores: Ese coche averiado, las alitas LED del retrovisor como ultrajada señal de peligro, el zapato abandonado, el anillo perdido y reencontrado como símbolo de ausencia, y sobre todos ellos, la espeluznante furgoneta escolar como escenario, el bate, los perros inocentes pese a sus dueños, el enorme crucifijo y, como maestro de ceremonias, el sistema de localización, la pastilla GPS, el navegador por satélite, y el juego de auriculares que narra toda la historia. Auriculares que son el ultimísimo objeto del que se desprende el protagonista.

Y una vez sin utillería, sólo queda la soledad, la culpa y la desesperación de la atrocidad cometida. Ejecutar la verdadera venganza. Perder por partida doble. La venganza es para las películas, dicen.


FICHA TÉCNICA
Nombre del lugar: -
Visitante: Kim Soo-hyeon (Byung-hun Lee), Kyung-chul (Min-sik Choi).
Fecha de la Visita: Actualidad.
Situación: Corea del Sur.
Dirigido por: Kim Jee-woon
Dirección de Fotografía: Lee Mo-gae.
Dirección de Arte: Cho Hwa-sung.
Año: 2010



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